El extranjero [Keanor]

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El extranjero [Keanor]

Mensaje por Sarga Pyke el Lun 11 Feb 2013, 00:42

Puerto Noble, el puerto de Pyke, ardía en actividad aquel mediodía y el viento fresco y otoñal que mecía los enredados cabellos de los marinos y también las remendadas velas de algunas de las embarcaciones que descansaban en los muelles arrastraba consigo las voces por lo general ásperas y graves de los hombres del Hierro que negociaban, peleaban, reían o fanfarroneaban inmersos en un mar de mercancías en forma de cestos, cajas y fardos desperdigados por ahí. La bajada de las temperaturas apenas se había percibido en el duro clima de las Islas del Hierro pero sí en otras zonas de Poniente con climas usualmente más benignos como Occidente o El Dominio, donde sus señores habían comenzado a hacer acopio de alimentos en vistas de un invierno que podría llegar tanto dentro de veinte años como de dos. Esto constituía todo un cúmulo de oportunidades para los piratas del Hierro, pues en las aguas del mar abundaban ahora los barcos con vientres llenos de víveres y otras materias con las que llenar sus propias embarcaciones y proveer a su gente. El Dios Ahogado debía estar satisfecho además, pues los sacrificios en su nombre habían aumentado de forma considerable. En medio de aquel desordenado jaleo, Sarga Pyke caminaba abriéndose paso entre los hombres usando para ello el cesto lleno de moluscos que cargaba junto a su cadera y que traía desde su cabaña, situada a las afueras de Puerto Noble y cerca de una bahía rocosa desde la que se veía la fortaleza de Pyke y sus frágiles puentes colgantes. El vaivén de sus caderas provocaba que algunos hombres desviaran la mirada de los asuntos que traían entre manos pero Sarga, aun consciente de ello, no le concedió importancia, apostándose en uno de los muelles con su cesto a los pies y haciéndose con un pequeño cubo de latón que alguien había dejado por ahí para llenarlo del agua que contenía un barril y empapar con ella su mercancía. - No te molestes, eso sigue oliendo a podrido hagas lo que hagas - le espetó un grueso pirata desdentado, con una risa desagradable y ojillos de niño travieso. - Así debe oler también tu polla - respondió ella apoyando una mano en su cadera derecha mientras con la otra señalaba la entrepierna de su interlocutor, rompiendo ambos a reír a carcajadas. El hombre se inclinó sobre el cesto que Sarga había dejado en el suelo, a sus pies, y hurgó entre aquellas cáscaras negras hasta hacerse con un puñado de ellas en la palma de su enorme mano. Cerrando un ojo, miró de nuevo a la joven pelirroja. - ¿Qué quieres a cambio de esta mierda?. - Consígueme tejas para mi cabaña - respondió ella con rapidez, pues el conseguir tejas con las que reparar el tejado de su desvencijado hogar y alguien que las pusiera era el objetivo con el que acudía a Puerto Blanco aquel día. De no haber sido tan perezosa y haberse presentado allí al amanecer, quizá ya podría tenerlo arreglado pero sospechaba que tendría que pasar una noche más expuesta a los vientos nocturnos - Y también alguien que me las ponga - añadió con una sonrisa que pretendía ser encantadora pero que se quedó en pícara. - Es demasiado por esto que ni siquiera llega para un almuerzo - protestó el gordo marino antes de posar una mirada lasciva en los generosos senos de la bastarda de cabellos de fuego que asomaban por el escote de su raído vestido de lino - Aunque... si me dejas tocarlas, yo mismo cargaré las tejas hasta tu casa y te las pondré. - Trato hecho - dijo rápidamente Sarga con una amplia sonrisa, siguiendo con la mirada al satisfecho pirata mientras imaginaba la cara que pondría cuando ella incumpliera su parte del acuerdo.

Sarga se sorprendía a menudo de que aún hubiera gente en Pyke dispuesta a hacer tratos con ella, habida cuenta de que en muchas ocasiones no solía cumplir con lo pactado o trampeaba las condiciones. Cierto que no era la única en hacerlo, y aquel era uno de los motivos por los que no había días sin escaramuzas en Puerto Blanco, pero también era verdad que de su cintura no pendían espadas ni hachas con las que defender sus mentiras y las represalias contra ella serían fáciles. La bastarda sabía que no era una cuestión de respeto ni mucho menos de caballerosidad; estaba convencida de que, de alguna manera, el Ahogado velaba por ella y la compensaba por sus horribles años de infancia. El resto de la mañana transcurrió de forma divertida, pues una vez conseguidas las tejas y alguien que se las pusiera, Sarga se dedicó a zascandilear entre sus compatriotas, escuchando chismes que corrían en las costas de Poniente, viendo con ojos admirados todas las mercancías que traían de sus saqueos, imaginando que alguna vez ponía sus pies lejos de las Islas para ver las Tierras Verdes de las que hablaban con tanto desprecio los hombres del Hierro. El atardecer llegó antes de lo previsto y con él, los aguerridos piratas comenzaron a dispersarse para regresar a sus hogares unos y acudir al burdel y a la taberna otros. Poco a poco, pequeñas llamas aparecieron en las callejuelas de Puerto Blanco y también tras las ventanas de las casas. Sarga, con su cesto vacío y una pequeña sortija de plata escondida entre sus senos, pues la había birlado de uno de los hombres que le había mostrado con orgullo un pequeño cofre lleno de joyas robado de una barca de paseo que había asaltado en la desembocadura del Mander, decidió ir en busca de un poco de vino antes de emprender el camino de regreso a su cabaña. El fuerte riesgo implícito en que una mujer de sus atributos deambulara sola por las afueras del pueblo ya de noche cerrada no parecía asustar a la brava bastarda, para quien a veces el miedo no parecía existir. Cuando abrió la puerta de la taberna, una oleada del calor proveniente de las tres chimeneas encendidas y también de los hombres y mujeres que allí bebían y reían le provocó un desagradable estremecimiento. Sarga, acostumbrada a su fría cabaña y a las pequeñas hogueras que solía encender para entibiarla, no gustaba del calor excesivo pero aún así se acercó hasta la barra en la que dos hombres sudorosos y vestidos con sucias camisas de lino llenaban jarras y jarras de cerveza para los sedientos piratas que se agolpaban frente a ellos. No tuvo que esperar demasiado para que alguien pudiera frente a ella una jarra de espumosa cerveza negra: sus cabellos rojizos destacaban entre sus compatriotas y la hacían destacar entre la pequeña multitud de la taberna.

Ninguna mesa había libre aquella noche en la que los piratas fanfarroneaban con orgullo de sus bélicos encuentros con los hombres de las Tierras Verdes, mostrando sangrantes heridas recientes como si de una competición se tratara, presumiendo ante un par de putas que fingían estar admiradas para obtener alguna remuneración extra por dejarse hurgar bajo las faldas. Sarga permaneció apostada contra una pared lo más alejada posible de las chimeneas y próxima a una de las ventanas por las que se colaba a duras penas el húmedo frío de aquella noche para evitar un probable sofoco ante el agobiante calor que arrastraba consigo un olor no demasiado agradable. Desde allí, además, podía vigilar la puerta mientras saboreaba su cerveza y fue así como vio entrar a un hombre que indudablemente no era oriundo del Hierro. Sarga enarcó la ceja y siguió con la mirada al intruso, quien con gesto pétreo y aparentemente indiferente a las groserías y jaleo de su alrededor se sentó en una mesa en la que había un pirata solitario y con gesto agresivo. Sarga conocía a aquel pirata: era Gokho Pyke, un bastardo segundón de una familia noble que la joven no recordaba y que estaba lleno de rencor porque aunque su padre le había reconocido, siempre se había negado a darle su apellido. Le sorprendía que se dejase ver con un hombre de Tierras Verdes en la taberna y no era la única, pues alguna mirada que otra se hallaba ya posada sobre ellos. Una mano rodeando su cintura desvió la atención de Sarga de aquellos dos hombres y cuando volvió el rostro, se encontró cara a cara con un joven marino aún barbilampiño pero guapo a rabiar, de enormes ojos verdes. Le había invitado a su cabaña en varias ocasiones para disfrutar con él entre sus muslos, pero finalmente le había acabado aburriendo su escaso ingenio y excesiva tibieza en su carácter. - Esta noche no - le dijo lacónica, volviendo la mirada a Gokho y el desconocido frente a él, llena de curiosidad mientras usaba su mano libre para empujar el torso de su frustrado amante. - ¿Tampoco? ¿Y cuándo? - protestó él, con su acostumbrada y tan poco incitante templanza. Sarga le ignoró, con la mirada fija en el extranjero que se había atrevido a entrar sin miedo en la taberna de Puerto Blanco, dominio de piratas y saqueadores que no respetaban más que al mar y al Dios Ahogado, y que giró el rostro en ese momento, cruzando su mirada con los ojos de la desvergonzada pelirroja que ni siquiera retiró la vista al ser sorprendida en semejante descaro.


Última edición por Sarga Pyke el Miér 27 Feb 2013, 12:25, editado 1 vez
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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Keanor el Mar 12 Feb 2013, 03:20

Hace 10 días… en el Dominio

-Todo lo que deseo es que ese maldito que se atrevió a tocar a mi hija muera- lloriqueaba una mujer que entre lagrimas y suplicas mientras se aferraba al brazo de su esposo, quien por cierto parecía algo asustado de tener al joven asesino en frente, aquella reacción no era muy novedosa para él, de hecho ya estaba acostumbrado a esa clase de situaciones en trabajos menores, aquellas eran pequeñas familias a las que la vida les ha sonreído y habían podido amasar pequeñas fortunas y esas mimas pequeñas fortunas habían hecho que olviden los tiempos en que se defendían a sí mismo, pero por personas como ellos hay trabajos simples para personas como Keanor. -100 Piezas de oro, y como muy tarde en un 30 días tendrá la cabeza de ese tal Gokho- le dijo ya para cerrar el trato puesto que le comenzaban a agobiar los lloriqueos de la mujer, en especial cuando la chiquilla supuestamente mancillada no borraba de su rostro aquella sonrisa descarada que dejaba ver que ella no se había ofendido tanto como su madre por lo que le había hecho ese tal Gokho -Pero eso es tres veces más de lo que han solicitado los anteriores hombres como vos- reprocho el hombre, aunque ante ese reproche, Keanor sólo atino a dedicarle una sonrisa -Si han venido otros antes que yo y el hombre sigue con vida, pues quiere decir que no eran tan eficientes- otra mala costumbre de estos nuevos ricos, nunca deseaban pagar el valor real de un trabajo bien hecho, además matar a un hombre por 30 piezas de oro, una burla la verdad al menos para él -25 piezas ahora y 75 cuando traiga una prueba de la muerte del miserable que no contento con robarme, intento mancillar el honor de mi hija- Replicó el hombre con un valor renovado, un valor innecesario a ojos del joven puesto que en la sala no había nadie que se pudiera asustar con aquellas palabras -No sé preocupe mi señor, no necesito adelantos, 100 piezas de oro cuando regrese con la prueba, no me confunda con un ladronzuelo de poca monta como los que contrato antes- fue así como cerraron el acuerdo, iría por aquel pirata e intentaría volver con su cabeza, aunque la verdad, a Keanor nunca le había gustado portar cabezas, su mal olor se comienza a expandir demasiado pronto.

El viaje estaba programado para el día siguiente, Pyke estaba a al menos 8 días de navegación, un viaje demasiado largo así que aquel día el asesino decidió pasar la noche en los dominios de quien le había contratado para aquella empresa, aunque quizás, más cerca de lo que a él le abría gustado. Pero después de aquella noche algo podía asegurar Keanor, si aquel hombre deseaba matar a todos aquellos que descansaran entre las piernas de su hija, pues ojala el negocio fuera muy fructífero ya que con el calor que tenía aquella chiquilla entre las piernas, abrían muchas más muertes alrededor de aquella familia.

Hoy
En poniente, Keanor no era más que un ciudadano más no llamaba la atención mucho menos cuando caminaba entre las callas con su capucha cubriendo el rostro, pero en Pike la cosa era diferente, sus ropas eran más limpias que las del resto de los ciudadanos y su rostro parecía él de un joven noble criado en cuna de oro, Aquello hacía que las cosas fueran un poco más complejas, algunos ilusos se acercaban a él intentando intimidarlo o directamente tratando de robarle, mientras que por otra parte algunas putas y jovencitas de Pyke se acercaban buscando algo de dinero que pudiera ofrecer un extranjero en busca de la entrepierna de una pirata. Fue una de esas jóvenes la consiguió un pieza de oro luego de contarle todo lo que necesitaba sobre “Gokho”.

Un pirata fiero, aparentemente respetado en la isla de Pyke puesto que era un bastardo noble y además se había hecho fama por la crueldad que despegaba en cada uno de sus robos en alta mar, era sin lugar a dudas todo un señor pirata y como todo buen señor pirata de seguro contaba con todo un sequito de perros falderos dispuesto a morir por él. Pero de todos modos tenía tiempo para pensar en que hacer, toda la información que había recibido era que solía pasar las noches en una taberna de las cercanías del puerto, aunque según la improvisada informante, aquella taberna no era lugar para un hijo de las tierras verdes como Keanor…. Pobre ilusa que no sabía que en realidad no había un lugar en el mundo que fuera lugar para la gente como él.

Llegada, el aún joven asesino pudo comprobar que las islas del hierro seguían siendo las mismas de siempre, la cuna de hombres sobrevalorados que gustaban de narrar sus historias, algunos de ellos incluso exagerándolas al punto de lo increíble con el simple afán de fanfarronear frente a sus compatriotas o de alguna puta… como si aquello dijera que tenían la polla más grande que el resto. La taberna a la que lo habían enviado era el vivo reflejo de aquello, repleta de piratas bebiendo y contando sus historias, y al igual que le habían contando, estaba repleta de piratas que lo veían como la presa a atacar si se acababa el dinero de sus bolsillo, pero nada de eso importaba, lo importante era que tal cual lo había dicho en el centro del lugar se encontraba en una mesa solitaria el hombre que respondía a las descripciones que se le habían entregado.

Keanor camino con total seguridad por el pasillo creado entre las mesas, sabía que era observado pero su rostro impenetrable dejaba ver que poco le importaba, de hecho avanzaba podía observar como en la taberna habían a lo menos 10 hombres que parecían cuidar al hombre ya que no le quitaban los ojos de encima y ninguno de ellos parecía tener intenciones de matarle -Hola ¿Gokho?- preguntó con total descaro mientras se sentaba en la mesa sin mediar autorización del hombre -¿Quién lo pregunta? Y ¿Quién te autorizo a sentarte?- Era el hombre que decían que era, parecía peligroso en realidad, muy grande y con un cuerpo fuerte, por más que Keanor lo analizaba parecía que no sería tan fácil asesinarlo dentro de la taberna, mucho menos cuando todos los presentes parecían dispuesto a tirársele encima -Nadie me autorizo, porque a nadie le pedía permiso… y soy quien enviaron a matarte- El hombre de inmediato se echó a reír de forma exagerada, tanto que las babas se le escaparon del rostro dejando caer algunas incluso en el rostro de Keanor -Pero mírate ¿Sabes cuantos han venido con la misma intención? Y déjame decirte que estas entre los menos rudos- El pirata no parecía poder parar de reír ante el comentario de Keanor, sin embargo él no parecía realmente preocupado por la reacción que el hombre tenía, de hecho gracias a esa misma respuesta ahora sabía que era del tipo de pirata orgulloso de su fama, y por supuesto dispuesto a defenderla -Puedo hacerlo, no tardaría ni siquiera 15 movimientos en hacerlo, eres sólo basura, pero no te matare hoy, aquí todos tus perros falderos saltarían a defenderte antes que la luz escapara de tus ojos… pero ya sabes, mírame bien, te voy a matar- Las palabras justas para el efecto esperado, el hombre orgulloso no estaba dispuesto a ser insultado mucho menos en sus tierras, y aunque la conversación no había sido oída por nadie aquello era como orinar en su honor -Te voy a matar hijo de las tierras verdes y cuando tu madre venga a llorar sobre tus hueso la haré mi puta ¿dime donde quieres pelear?- Exceso de orgullo y menospreciar a un rival, que grave error, pero la verdad ¿A cuántos como él había matado antes? -Bajo el muelle, cuando aquella vela se apague- Le dijo mientras se ponía de pie para retirarse del lugar, fue en ese momento en que noto que una particular chica de caballos rojos le observaba, estaba demasiado lejos como para haber escuchado algo, pero ella era llamativa, no sólo por su figura sino por sus rojos cabellos y aunque parecía ocupada con un chiquillo que la abrazaba por la cintura, Keanor no dudo un segundo en cerrarle un ojo antes de retirarse de la cantina.

No debió esperar tanto, tal y como pensaba la impaciencia pudo con Gokho y se apresuró a ir a su encuentro con la muerte, una vez más presa de la provocación el pirata abandono su espada frente a un Keanor que amenazaba con pelear sin armas. En un comienzo la pelea era desigual como era de esperar, Keanor le llevó una serie de golpes en el rostro que lo hicieron caer en el límite costero, una pelea en el agua hacia mucho más lento a aquel hombre con semejante fuerza y tamaño y por el contrario a Keanor le hacía ganar ventajas, fue así como golpe tras golpe fue restando fuerza al pirata hasta derribarlo en el agua. Con los puños cerrados lo golpeó una y otra vez hasta que sus nudillos comenzaron a teñirse de rojo, pero el pirata era fuerte y se defendía se sacudía e intentaba liberarse, pero en un último movimiento Las manos de Keanor atenazaron su cuello para estrangularlo, un cuello fuerte, el pirata lo golpeaba como podía en intentos por que le soltara, pero no era tan simple hacer que Keanor soltara a su presa -Saluda a tu dios- le dijo con malicia en la voz cuando ejerciendo una mayor fuerza presiono su cuello mientras lo hundía en el agua, sólo fueron minutos los necesarios para que el hombre dejara de moverse y la luz de la vida abandonara sus ojos.


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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Sarga Pyke el Jue 14 Feb 2013, 00:59

Sarga chasqueó la lengua al no ser capaz de atisbar siquiera en torno a qué giraba la conversación que Ghoko mantenía con el misterioso hombre de las Tierras Verdes poseedor de una osadía tal que daba la espalda a prácticamente todos los piratas ebrios que había en aquella taberna. Su compatriota, en cualquier caso, parecía estar divirtiéndose mucho a tenor de las ruidosas carcajadas que emitió hasta que una última respuesta de su interlocutor pareció convertir el regocijo que brillaba en los ojos del grueso pirata en el alcoholizado desafío tan corriente de ver en aquella taberna conforme avanzaban las horas nocturnas. La exuberante pelirroja, ignorando a su tibio amante como si éste se tratara poco menos que de uno de los perros vagabundos que rondaban los muelles, enarcó una ceja ante aquel súbito cambio de actitud en Ghoko. El joven al que ahora lanzaba una mirada amenazante que hubiera hecho correr a más de uno mantuvo una asombrosa calma y cuando Sarga observó sus manos se percató de que ni siquiera le temblaban. Simplemente parecía no temer que su cabeza fuese aplastada por las enormes manos de Ghoko, que podían cerrarse en torno a un pichel lleno de cerveza sin dificultad. La serenidad que el desconocido mostró mientras se levantaba de la silla, sin apartar los ojos del grueso pirata y también sin mostrar ningún tipo de cautela al saberse observado por muchos de los hombres que allí se reunían, despertó la curiosidad de Sarga, quien avanzó un par de pasos entre la gente al tiempo que alargaba un brazo para dejar sobre una mesa cualquiera su jarra de cerveza apenas empezada, justo en el instante en que el extranjero le dedicaba un guiño de ojo. Apenas alcanzó a ver desaparecer tras la puerta de la taberna al joven de las Tierras Verdes, haciendo que la atención de los asiduos al local virase rápidamente hacia Ghoko, quien procuró eliminar de su gesto el malestar que al parecer el extranjero le había creado para romper a reír en una falsa carcajada. - ¡Estas pollas de terciopelo creen que pueden venir a tirar de las barbas de los hombres de Hierro! -. Sarga entrecerró los ojos, entendiendo en aquella fanfarronería que de alguna manera, el joven había acudido allí para desafiar al bastardo. ¿Qué historia habría detrás de todo aquello y por qué Ghoko no le había matado allí mismo para salvaguardar su hombría? Poco a poco y ante la ausencia de un escándalo que les divirtiera, los clientes de la taberna de Puerto Blanco volvieron a sus quehaceres, repartidos entre el consumo de vino y cerveza y el uso y disfrute de las sucias putas que preferían buscar allí sus clientes en vez de esperar a que éstos acudieran al mugriento burdel que había al final de la calle. Sarga, en cambio, mantenía sus atrevidos ojos en Ghoko, quien tamborileaba con los dedos sobre la mesa de madera mientras ni dejaba de prestar atención a la trémula llama de una pequeña vela que reposaba en el alféizar de una ventana. La pelirroja sabía que algo se escondía tras la visita del joven extranjero y la curiosidad no le permitía dejar a un lado aquel asunto con la misma facilidad con que lo habían hecho el resto de piratas que bebían, reían, peleaban y cantaban. Repentinamente y aprovechando que había dejado de ser el centro de atención, Ghoko se levantó como un resorte, apagó aquella solitaria vela con un furioso soplido acompañado de saliva y abandonó la taberna, pasando desapercibido ante el resto de piratas.

Sarga no tuvo ninguna duda y con un gesto de determinación en su rostro, decidió seguirle, escurriéndose entre la gente con la misma sinuosidad de una serpiente de agua para abandonar el calor hediondo de la taberna de Puerto Blanco para ser recibida por el frescor de una noche tan despejada que algunas estrellas titilaban en el cielo oscuro. La joven se detuvo unos instantes en la puerta del local, paseando su mirada por las sombras que albergaban al pequeño pueblo portuario hasta que creyó distinguir la gruesa y tambaleante figura de Ghoko dirigiéndose hacia los muelles, con más velocidad de la esperada en alguien de su tamaño que seguramente llevaba todo el día ahogándose en espumosa cerveza negra. Con los sigilosos pasos de una gata que recorriese los desvencijados tejados de las casas que la rodeaban, Sarga le siguió manteniendo una distancia lo bastante prudente como para que Ghoko no la detectara pero lo suficientemente cercana como para no perderle en las sombras que se hacían más espesas conforme abandonaban el pueblo en dirección a los muelles. El corazón de la joven latía con fuerza en su pecho ante el inminente descubrimiento de aquel misterio que ella misma se había empeñado en solucionar, aguijoneada por su curiosidad. Ghoko descendió bajo una de las plataformas de madera que conformaban los muelles de Puerto Blanco y Sarga, haciendo uso de su escasa prudencia, decidió permanecer oculta tras una de las firmes vigas de madera que lo sostenían, teniendo así una visión privilegiada de la sucia porción de tierra que se escondía bajo el muelle. Allí, el agua se enfangaba al estancarse en la arena poblada de los restos de las mercancías que se colaban entre los tablones de madera y de los que nadie se preocupaba, así que los alimentos a medio pudrir y también pedazos de piedras, telas y otros materiales asomaban entre la arena y la espuma que removían las olas que morían en la costa. La enorme figura de Ghoko, detenido allí mientras miraba a su alrededor, eclipsó la fibrosa figura del desconocido de las Tierras Verdes que emergió entre las sombras. Iban a batirse a duelo así que la joven bastarda decidió que se limitaría a observar en silencio y cobijada por la oscuridad de la noche, más interesada en los motivos y el resultado de aquella pelea que en tratar de evitarla. Sarga, pendenciera como prácticamente todos sus compatriotas, disfrutaba con aquel tipo de conflictos, tanto cuando era protagonista como cuando simple espectadora. El extranjero no parecía intimidado por la abrumadora presencia de Ghoko, como así lo demostró presentándose ante él sin armas, y su contrincante, sorprendentemente, decidió igualar la pelea seguramente convencido de poder terminar con su rival. Sin embargo, Sarga pudo comprobar que el joven de las Tierras Verdes sabía muy bien lo que hacía, pues a pesar de recibir algunos fuertes golpes propinados por los puños pétreos de Ghoko, logró no sólo resistir sus impactos sino conservar las fuerzas suficientes como para devolvérselos y derribarle sobre la arena, dejando que la espuma de las olas pasase por encima de su gordo cuerpo. Por la mente de Sarga ni siquiera pasó la idea de tratar de defender a su compatriota, maravillada como estaba ante la ejecución que el joven enigmático estaba aplicando al bastardo que dejó de patalear tras entregar su vida al Ahogado. El aire, invadido hasta hacía pocos instantes con el ruido de los golpes en la carne y el chapoteo en el agua, volvió a llenarse del silencio matizado por el arrullo de las olas del mar que acariciaban la costa invariablemente. Fue entonces cuando los ojos de Sarga volvieron a cruzarse con los del extranjero.

La bastarda pelirroja, sin apartar la mirada, permaneció aún oculta tras la viga de madera húmeda y henchida que aparecía como una ínfima protección ante la violencia mostrada por el joven que aún así, aparecía inalterable con el cadáver de Ghorko yaciendo ante sus pies besados por la espuma de las olas. Tras unos instantes en los que los ojos azules de Sarga no mostraron miedo ni rencor sino curiosidad y también cierta diversión, ésta abandonó su escondite para avanzar sin miedo hacia el extranjero, mirando el deformado rostro de Ghoko cubierto de sangre, arena y agua. - Le has matado - dijo como para sí misma, alzando la mirada de nuevo hacia el sereno extranjero - ¿Qué te ha hecho? - preguntó, dando por hecho que el gordo bastardo era merecedor de cualquier tipo de venganza o castigo. La brisa nocturna meció entonces los rojizos mechones de sus cabellos, ocultando por unos instantes su rostro níveo a excepción de sus ojos brillantes de picardía y travesura, como si pidiera con aquella pregunta que se le desvelara un jugoso secreto. Uno de sus pies, enfundado en una precaria sandalia de suela de cuero y tiras anudadas en el empeine del mismo material, se hundió en la gruesa panza de Ghoko cuando la joven lo tocó con él, como si quisiera comprobar que realmente había perdido la vida. - ¿Se ha follado a tu mujer? ¿Ha quemado tu barco? - preguntó con naturalidad, pues eran aquellas el tipo de cosas de las que solía culparse a un hombre del Hierro cuando alguien se enojaba con él. Sarga realmente no lamentaba la muerte de Ghoko, pues siempre le había resultado alguien especialmente desagradable y fanfarrón, e incluso le parecía demasiado el honor de haber fallecido en el mar, tan cerca del Ahogado. Mientras esperaba una respuesta, se agachó junto al cadáver lamido por las débiles olas que llegaban hasta ese lugar, arrodillándose en la arena sin importar que su andrajoso vestido se ensuciara y se mojara a pesar de las bajas temperaturas, y comenzó a hurgar en los múltiples bolsillos que se abrían en la ropas del pirata. Una luminosa sonrisa apareció en su rostro cuando halló lo que parecía ser una pequeña joya de color púrpura, ¿quizá una amatista engarzada en plata?, que rápidamente encontró cobijo entre sus pechos prietos por el descarado escote de su vestido, haciendo compañía a la sortija que también guardaba allí. En el cinto de cuero que había sostenido a duras penas su barriga encontró una daga de acero con empuñadura de nácar cuyo filo aún tenía sangre seca. La contempló con una mirada indolente y poco interesada y después se giró hacia el extranjero para ofrecérsela con una genuina generosidad y también con una inusitada complicidad. - ¿La quieres? Yo no puedo venderla aquí, seguro que alguien la reconoce y me metería en problemas... -. Tal parecía que Sarga no sólo no estaba afectada por la muerte de su compatriota sino que buscaba cualquier beneficio en aquel suceso.
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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Keanor el Jue 14 Feb 2013, 06:07

Mal oliente y arrogante pirata, que iluso de su parte pensar que podría enfrentar a Keanor en aquellas condiciones, el oriundo de tierras de la corona era valiente, hábil y fuerte… pero incluso por sobre eso no era un idiota, había arrastrado al pirata al punto en donde tendría más ventajas. Mientras que el pirata sudaba alcohol, Keanor se encontraba completamente sobrio y con todos sus sentidos alertas, por otra parte mientras que el hombre con gran tamaño no tenía la misma movilidad que el joven en la arena que hacía pesado los movimientos y agotaba rápidamente a un hombre de su contextura, por otra parte el hombre había sido arrastrado la oscuridad, lugar donde Keanor se sentía perfectamente bien… En definitiva pobre iluso que pensó en algún momento que podría pelear contra él, pero al final de todo, aquellos eran los mejores trabajos, los que no agotaban y se resolvían fácilmente, le cortaría la cabeza al hombre y mañana ya estaría saliendo de aquellas sucias islas para cobrar aquellos 100 dragones que le esperaban.

Camino unos segundos alrededor del cuerpo examinándolo, por más que lo pensaba no veía aquel hombre podría ser tan peligroso, piratas y sus historias de seguro, aunque tampoco le veía ningún atractivo como para que la chiquilla de aquellos que le habían contratado se dejara hacer por él, Pero de todos modos tenía que terminar el trabajo, fácil o difícil el cliente no tenía porque enterarse, todo lo que ellos debían saber era que el tipo estaba bien muerto y por el bien de ellos, esperar a que tuvieran el dinero prometido porque entre las piernas de su hija ya no había nada con lo que pudiera pagarse aquello.

Se disponía a cortar aquella cabeza cuando de pronto volvió a encontrar de frente a aquella chica del bar, maldito pirata inútil ni siquiera sabía caminar por ahí sin que le siguieran, menudo idiota, a los ojos de Keanor con cada minuto que pasaba, más merecía haber muerto. Curiosa chica, por un momento el asesino pensó que tendría que apresurar sus acciones puesto que la chiquilla correría a llamar a otros piratas y eso de matar gratis no le sentaba nada bien, en especial cuando la mayoría de los presentes en el bar en que la había conocido eran posibles futuras víctimas. Sin embargo, grande fue su sorpresa cuando en vez de correr ella se acercó con la displicencia propia de alguien que está acostumbrada a aquellas escenas, de hecho en ese preciso momento se preguntó cuánto había visto ella, aunque según los pensamientos de Keanor, ella lo había visto todo si había seguido al pirata… ¿Pero que debía hacer con ella? ¿Debía matarla también?

Cuando ya la tuvo cerca y ella vio el cuerpo sin vida del hombre confirmo que le había matado, cosa obvia y por lo mismo no contuvo una sonrisa mas no le respondió ni comento nada respecto al tema , tampoco lo hizo cuando le preguntó que le había hecho para que le matara. No habían respuestas de parte del asesino, en realidad no tenía interés en responder, pero dio unos pasos atrás para que ella le pudiera observar, quizás era un amigo, un familiar, un amante o un cliente quizás, no había motivos por los cuales no dejar que le observara unos minutos y se despidiera si era necesario, pero las preguntas continuaron y el pirata pudo comprobar que no se trataba de nadie estimado por ella cuando se paro sobre el aún tibio de aquel hombre -No necesitaba hacerme nada a mí para que le asesinara… pero supongo que se lo ha hecho a alguien que no lo deseaba vivo – ¿Motivos para asesinar? Esos los había perdido cuando niño cuando mataba pequeños animales para alimentarse, pero después de aquello nunca había tenido muchos, de hecho siempre prefería no conocerlo mucho ya que esos motivos solían estar acompañados de arranques de furia incensarios de parte de hombres que no podían vengarse por su propia cuenta o de llantos de esposas ofendidas como había sido en este caso.

¿Por qué tanta displicencia de parte de aquella chiquilla? Que le hacía pensar que no la mataría a ella también, no parecía ser muy difícil, quizás podía ser una mujer ágil, pero ya estaba demasiado cerca de Keanor, de hecho no tardaría mucho en atraparla si así lo quería… pero ella no parecía pensar lo mismo y si lo pensaba no parecía importarle mucho y ante aquel pensamiento Keanor no podía más que sonreír, le causaba gracia la actitud de la mujer… aunque más gracia le causo cuando la pequeña ladronzuela sin tapujo alguno hurgo entre las ropas del cadáver hasta hacerse con un anillo que rápidamente encontró un nuevo dueño entre los pechos de pelirroja, pero aquello era sólo el principio del descaro puesto que después de ofreció como obsequio, pero Keanor no la cogió al contrario la cogió a ella de la cintura y la alejo del cuerpo sin vida.

La observo cuando la dejo una vez más sobre la arena y metió una de sus manos en los pechos de la chica para recuperar el anillo, aunque grande fue su sorpresa cuando encontró un segundo anillo en el mismo lugar, pequeña oportunista por lo visto aquel no era la primera víctima del día -Me dijeron que era hijo de un noble y las casas nobles suelen marcas sus joyas o las marca el orfebre… tal cual está marcada esta- le dijo mientras le enseñaba el dibujo de una espada y un cuervo que se dejaba ver por la parte interna del anillo -Si la quieres vender te puede traer problemas en esta isla , pero si quieres poner en riesgo tu vida no es mi asunto- Le aclaró antes de volver a poner el anillo entre los pechos de la mujer de las islas. Acto seguido camino hasta el cuerpo del hombre y de un tirón rompió una gruesa cadena de oro que colgaba del cuello del pirata, un jalón brusco que podría haber causado mucho daño al hombre si hubiera estado con vida -En cambio este tipo de orfebrería es más propia del norte, la robo o la consiguió en un lugar donde nadie se podrá quejar- Le dijo antes de arrojársela a los pies por si la quería conservar.

Keanor no parecía darle ninguna importancia a lo que estaba ocurriendo en aquel lugar y la verdad era que nunca le había dado importancia a todo eso, en los bajos mundos con suerte sabían lo que era un retrato y por lo mismo nadie le reconocería en el futuro, por lo mismo tal era su descaro que no le importo que la chica estuviera parada ahí frente a su compatriota, tomó la daga que antes ella le había ofrecido y luego tomo el cabello del pirata para comenzar a cortar la cabeza. Lo había como si se tratara de una cabeza de ganado o algo parecido, abría sido mucho más rápido y menos sangriento hacerlo con una espada, pero no tenía una en esos momentos y tampoco le molestaba manchar sus manos con más sangre aún. Fue un acto que tardo unos cuantos minutos puesto que era un hombre de cuello roto y la daga no estaba tan afilada como abría deseado, pero tras unos golpes logro partir el hueso que unía a su cabeza del resto del cuerpo. Maldito saco de mierda, olía pésimo, tendría que bañar esa cabeza en sal de lo contrario el olor en el barco sería insoportable.

-Entonces que harás ¿Llamaras a tus amigos o a los amigos de este?- Le preguntó mientras le clavaba la daga en el pecho al cuero sin vida.

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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Sarga Pyke el Vie 15 Feb 2013, 04:09

El calmado asesino no parecía haberse inquietado al haber sido descubierto en pleno acto homicida por la osada pelirroja que le había seguido desde la taberna de Puerto Blanco. Tan sólo una leve sonrisa algo sorprendida había aparecido en su rostro ante la naturalidad con la que Sarga pensaba beneficiarse de la muerte de Ghorko, aunque sus ojos seguían mostrándose impenetrables. La isleña, en cualquier caso, tampoco parecía preocupada y ni tan siquiera prudente, sino que miraba con expectación al asesino esperando que aceptase la daga que le tendía, no por auténtica generosidad sino por la inconveniencia de cargar con algo que había pertenecido a un muerto por el que muchos se preguntarían al día siguiente cuando no se le viera a bordo de su barco. El murmullo de las olas que se escondían bajo el muelle para morir a los pies de ambos jóvenes tras deslizarse sobre el cadáver aún tibio eran el único sonido que rompía el silencio nocturno, aunque la brisa traía las voces amortiguadas de aquellos que se divertían en la taberna, retrasando la hora de abandonarse al sueño. Entonces el joven extranjero se acercó a Sarga, tomándola por la cintura con descaro para alejarla del cuerpo que yacía bocaarriba sobre la arena. La joven pelirroja trastabilló sobre la arena aunque no llegó a perder el equilibrio y mucho menos a caer, demasiado acostumbrados estaban sus pies a aquel inestable terreno como para dar con su voluptuoso cuerpo en él a la primera de cambio. Quiso elevar una protesta mientras sus cabellos ondeaban suavemente frente a su rostro debido a la brisa nocturna que arrastraba el olor del mar, pero entonces la veloz mano del joven de las Tierras Verdes se elevó a la altura de su escote para permitir que dos ágiles dedos, aún sucios de la sangre de Ghoko, se introdujeran entre sus senos tersos, custodios de las dos sortijas con las que se había hecho aquel día tan productivo. Sarga entreabrió los labios sorprendida no por su acción, pues solía ser común en su rutina que los hombres quisieran alcanzar sus pechos siempre provocadores, sino por la rapidez empleada en sus movimientos. Cuando el anillo de Ghoko apareció entre los dedos del asesino, la isleña frunció el ceño, muy lejos de sentirse humillada por aquel rápido manoseo y mucho más cercana a ofenderse ante la posibilidad de perder aquel botín.Sin embargo, cualquier resentimiento se esfumó al escuchar las recomendaciones del extranjero acerca de la conveniencia o no de vender aquel anillo, mostrándole el disimulado blasón que el orfebre había grabado en su cara interna. Sarga enarcó las cejas ante aquel descubrimiento y una vez recuperada la joya -pues el joven asesino lo había devuelto al lugar en el que lo había encontrado con suma diligencia- se permitió mostrar cierta indiferencia ante la información recibida, a pesar de que evidentemente había frustrado sus planes. - No pensaba venderlo - dijo encogiendo uno de sus hombros mientras seguía con la mirada al imperturbable asesino, acomodándose los senos con un gesto tan cotidiano que no resultó obsceno ni conscientemente provocador, sino natural y desenfadado - Me gustan los anillos y las piedras preciosas -. Y aquello no era una mentira, sólo una verdad contada a medias pues lo que le agradaba de las sortijas era todo lo que podía obtener a cambio de ellas. Aún así, chasqueó la lengua con cierto disimulo y decidió arrojar el anillo de Ghoko a la arena, junto a su cadáver, siguiéndolo con la mirada cuando la espuma del mar lo hizo rodar, semi enterrándolo en la sucia arena que se acumulaba bajo el muelle.

Sus ojos volvieron al cuerpo del pirata ahogado cuando éste se estremeció bruscamente al arrancar el asesino la cadena de oro que llevaba colgada del cuello y que siempre había sido uno de sus máximos orgullos. Nadie sabía a ciencia cierta de dónde la había sacado aunque muchos habían reconocido en aquella pieza la mano de un artesano norteño; esta información coincidía con la que el asesino le proporcionó a la isleña, que no dudó en agacharse de nuevo sobre la arena para tomar con sus manos la cadena y observarla cuidadosamente. Tendría que separar los gruesos eslabones que ahora reflejaban la escasa luz de las estrellas que titilaban aquella noche para poder usar aquella pieza de oro como moneda de cambio. - ¿Tú no vas a quedarte con nada? - le preguntó con una despreocupación que albergaba también cierta suspicacia; aunque por sus palabras anteriores había deducido que aquella muerte se trataba de un ajuste de cuentas y que el joven extranjero era tan sólo el emisario de un definitivo mensaje por parte de alguien a quien Ghoko había ofendido, Sarga sabía que muchos de los mercenarios de este tipo solían tener permiso para despojar cadáveres o simplemente se apropiaban de aquello que les interesara, y no podía menos que extrañarse de que el asesino prestara tan poca atención a los objetos que el pirata bastardo llevaba encima. Sin embargo, cuando le vio tomar la daga que antes parecía haber despreciado, la isleña esbozó una sonrisa autosuficiente que se convirtió en un gesto de sorpresa cuandio vio lo que el extranjero se disponía a hacer con ella. Arrodillada sobre la arena y mientras sentía la caricia de las olas moribundas en sus muslos mojados por el descuidado vestido, Sarga observó la actuación del silencioso mercenario, en quien la ausencia de fanfarronería y presunción de sus habilidades levantaba a su alrededor un aura enigmática que hizo que la isleña decidiera permanecer allí un rato más. La perspectiva de regresar a la taberna y volver a lidiar con su antiguo amante no eran tan prometedoras como la posibilidad de averiguar quién era aquél que había matado con tanta facilidad a Ghoko. La sangre comenzó a fluir del cuello del grueso pirata con lentitud debido a su espesor y se mezcló con la espuma residual que las olas posaban en la arena; el olor metálico de aquel líquido vital parecía flotar bajo aquel muelle e incluso Sarga, acostumbrada al olor de los moluscos sobre las piedras cubiertas de sal, arrugó la nariz al percibir la pestilencia que emanaba del cuerpo de Ghoko. - Ese cabrón estaba tan podrido como parecía... - dijo cubriéndose nariz y boca con una de sus manos pero sin apartar la mirada de la carnicería que el extranjero tenía entre manos. Obviamente la hoja de aquella daga no era adecuada para una labor así y hubo de separar la cabeza del cuerpo con unos golpes secos que rompieron el hueso con un chasquido. La ruptura de la médula espinal provocó que el cuerpo de Ghoko sufriera un leve espasmo en brazos y piernas que pareció hacer revivir al pirata sin cabeza por unos segundos. Sarga enarcó una ceja ante aquella reacción, el movimiento del cuerpo fofo y reblandecido del pirata había sido muy cómico y no pudo esconder una sonrisa mientras destapaba su boca y su nariz. La brisa parecía arrastrar el hedor y devolver parte de su frescura a aquella noche despejada.

Rió abiertamente ante la pregunta que le espetó el mercenario tras dejar la daga clavada en el jubón de cuero de Ghoko, provocando que un sinuoso río de sangre brotara de su pecho para morir en las olas que constantemente le pasaban por encima, tan indolentes como los jóvenes que conversaban con tanta naturalidad. - ¿Quieres que los avise para que admiren tu obra? - preguntó con sorna mientras se ponía en pie de nuevo, estirando sobre sus piernas el vestido húmedo y lleno de arena que ya había perdido su color original - Además... - Sarga ladeó la cabeza dedicando al asesino una mirada analítica y atrevida, entrecerrando los ojos con una chispa de diversión luciendo en sus pupilas - … quiero saber cosas de ti y algo me dice que no me contarías nada delante de mis... amigos - apostilló tras una deliberada pausa con la que quiso dar a entender que no era ése el vocablo que emplearía para referirse a la piara de cerdos que bebían, gritaban, cantaban y se peleaban en la taberna cada noche. Mientras enredaba con aire descuidado la cadena de oro en su mano izquierda, contempló con atención al joven de puños ensangrentados y rostro impasible que sostenía por los cabellos la apestosa cabeza de Ghoko, cuyos ojos abiertos habían conservado una ausente expresión de sorpresa. - Cuéntame qué ha hecho Ghoko... o qué no ha hecho - exclamó sin más dilación y también sin enmascarar sus palabras, pues la curiosidad que tenía no le permitía elaborar una cuestión menos directa. Por otro lado, no era Sarga mujer que gustara de dar rodeos y ni siquiera recurriría a ellos ante un hombre al que había visto asesinar a sangre fría a alguien hacía pocos minutos - ¿Ha sido su padre quien quería deshacerse de él? - inquirió avanzando un paso hacia el asesino para así poder bajar la voz y que siguiera siendo audible; el rumor de las olas trataba de imponerse sobre sus palabras - ¿O alguien de las Tierras Verdes? Porque tú no eres un hijo del Hierro - dedujo lacónica y también arrogante, esgrimiendo una sonrisa autosuficiente mientras jugaba con la cadena de oro entre sus dedos, dejándola resbalar entre ellos con sinuosidad y aparente descuido. - Prometo no contárselo a nadie, es sólo para satisfacer mi propia curiosidad... ¿no me desvelarás esa historia? - su voz había adquirido un tinte zalamero mientras su sonrisa se ensanchaba, aunque la escasa luz estelar que llegaba a ellos a través de los maltrechos tablones del muelle que se sostenía por encima de sus cabezas apenas dejaba adivinar sus atrevidos rasgos en la oscuridad. De igual manera, Sarga no podía ver con claridad el rostro del asesino y eso, lejos de sumirla en la desconfianza, alimentaba su curiosidad respecto al misterio que rodeaba al mercenario surgido de la nada.
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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Keanor el Dom 17 Feb 2013, 17:41

No pudo evitar sonreír al ver como ella se justificaba y decía que en realidad nunca tuvo intenciones de vender aquello que había tomado del pirata sin vida. Una mala mentira en realidad o al menos eso era a los ojos de Keanor, podía ver que no portaba otros anillos en las manos, la mayoría de las personas que gustan de coleccionar estas costosas prendas las hacen para enseñarlas y lucirlas frente a otras personas, mientras que otro grupo lo hace porque posee tanto dinero que puede darse el lujo de conseguir delicadas piezas costosas y simplemente guardarlas, y la verdad, aquella mujer no parecía estar encasillada en ninguno de esos dos grupos, por ende aquella no era más que una reacción rápida para justificarse y eso en realidad le resultaba muy divertido en especial después de que ella le viera asesinarlo sin tapujos y por lo mismo no tenía necesidad de esconder sus deseos por hacer algo que el resto no considera apropiado. -Seguro no lo ibas a hacer- le volvió a decir guiñándole el ojo una vez más, generando con aquel gesto una falsa sensación de complicidad entre ambos.

Pero de aquella “Conversación” lo que provoco mayor efecto en Keanor fue su pregunta sobre conservar algo del cuerpo sin vida del pirata, le llamaba la atención no porque fuera una pregunta extraña de hecho habían pasado ya muchos años desde que el mismo le había hecho la misma pregunta a quien reconocía como su maestro. Fue en uno de sus primeros asesinatos, lo recordaba bien puesto que fue uno de esos costosos trabajos en que se asesinaba a un hombre con más dinero del que podría llegar a gastar en su vida, en ningún caso fue fácil matarle puesto que como es clásico en esta clase de hombres estaba totalmente protegido, pero al final acabó como todos los anteriores a los que el maestro había enfrentado… muerto



FLASHBACK
Era una de esas noches sin luna, no era casualidad el trabajo había sido encargado hace ya unas semanas, pero ante la complejidad del mismo Skarto había optado por coger una noche sin luna para la ejecución de aquel hombre, era lo mejor puesto que la gran guardia personal con contaba aquel hombre era demasiada para un solo hombre, pero tampoco deseaba exponer al aún inexperto Keanor. Con la oscuridad como aliados, los dos hombres acostumbrados a caminar y actuar en la oscuridad fueron matando uno a uno y con el mayor sigilo posible a los guardias, hasta que finalmente fue imposible hacerlo por la gran cantidad de guardias… sin lugar aquel hombre no era precisamente una persona querida en Essos, de lo contrario no hubiera necesitado aquel pequeño ejército para cuidarle.

Desde el momento de ser descubiertos todo se volvió un caos, todo el mundo corría, flechas que volaban por los aires sin un destino fijo, muchos de los guardias se asesinaron incluso entre ellos mismo gracias a los objetos que se arrojaban, pero todos eran hombres valientes sin lugar a dudas, mataron a muchos y ninguno de ellos pidió por su vida, por el contrario todos pelearon hasta que simplemente ya no se pudieron mover, hombres valientes pero a la vez estúpidos, aún así Keanor no les culpaba, estaban ahí para cumplir una labor así como ellos estaban para cumplir la que se les había encomendado a ellos. La gran decepción de aquella noche fue el hombre al que custodiaban los anteriores hombres valientes… un simple cobarde, un hombre al que la vida había bendecido al nacer en una familia adinerada pero que por sí sólo no valía nada. Suplicó por su vida, ofreció pagar tres veces más de lo que habían pagado por matarle, rogo por su vida apelando a sus hijas y su esposa, de hecho el propio Keanor pudo notar que por la marca que se dibujo en sus pantalones que ni siquiera fue capaz de evitar orinarse en sus ropas cuando Skarto desenvaino dos filosas cuchillas. El espectáculo se pudo haber prolongado por largos minutos más seguramente, pero Skarto solía decir “no los muertos no se juega” y por lo mismo lo asesino pronto haciendo caso omiso a sus llantos.

Muy rico, demasiado para una sola persona quizás, seguramente tenía tanto oro en aquello pequeño palacete como lo tenían los grandes señores de poniente, pero ya de nada servía. Mientras Skarto cortaba la cabeza del hombre para llevar como prueba, Keanor se decido a caminar por la sala en que se había atrincherado el hombre, armas de oro puro, armaduras del mismo material y una impresionante colección de joyas, si sólo tomaran algunas de las piezas que había en el lugar podrían llegar incluso a duplicar el pago de aquel trabajo, con ese pensamiento Keanor cogió un juego de dagas que le gusto particularmente y las llevo hasta su maestro que ya ponía la cabeza en una bolsa. -¿Puedo conservar esto? De todos modos no creo que a él le sirvan mucho- Keanor estaba contento, estaba seguro que se podría quedar con ese bello objeto, sin embargo nada más lejano a la realidad, sin previo aviso recibió una fuerte bofetada que le hizo trastabillar y soltar el objeto que tenía en sus manos, el chiquillo en realidad no comprendía porque era golpeado, sin embargo se puso de pie de inmediato y se paro frente al experimentado asesino de forma desafiante -¿Para ser un ladrón que roba las sobras de otros te he entrenado?- Keanor de verdad no entendía, el había peleado y había matado a muchos, se merecía aquello que ya no pertenecía a nadie, salvo a las mujeres con las cuales había intentado librar la cobarde victima, no entendía pero prefirió guardar silencio porque de seguro una mala respuesta le supondría otro golpe más, y otro golpe más significaría una pelea entre ellos… y hasta ahora estaba demostrado que para Keanor era imposible salir airoso de una pelea entre ambos -Aprende esto, Matar a alguien… es lo puede hacer cualquiera, todo el mundo puede matar a otra persona, un chiquillo de las calles te puede llegar a matar por un trozo de pan, una puta te puede atravesar el pecho mientras te la follas, en fin matar es fácil, pero hacer de la muerte tu profesión no… cada vez que alguien te contrate para matar a alguien, ese es tu objetivo matarle no robar lo que se le caiga o lo que lleve en los bolsillos, siempre debes velar porque lo que cobres sea suficiente para satisfacer esa necesidad y calmar las ansias de robar, porque cuando robas puedes delatar sin quererlo a quien te contrato… diferente es si alguien te contrata para robar algo… pero recuerda siempre tu recompensa no es lo que sobra, no era un buitre que ronda a un muerto… te he enseñado para que seas mejor que un mercenario de cantina- le dijo antes de lanzarle la bolsa con la cabeza e indicarle que salieran de ese lugar.


FIN FLASHBACK


-No lo necesito, ya me han pagado por matarle… además esta clase de hombres suelen tener dos opciones, o simplemente no tienen nada y viven del día a día…- cosa en la que se parecían a Keanor quien en realidad no tenía nada que le perteneciera, vivía simplemente día a día, nunca le faltaba nada, pero tampoco necesitaba almacenar cosas en algún lugar -… O por otra parte, puede que tenga todos sus trofeos en su casa, pero nadie me ha pagado porque robe su casa así que no tengo interés en hacerlo, pero si lo deseas puedes hacerlo tú, quizás tengas una oportunidad entre mil, hasta que nadie descubra que él ya está muerto, no creo que nadie se acerque a sus posesiones, por lo que dicen… era un pirata muy fiero- le dijo sin ser capaz de contener cierto toque de ironía al mencionar la ferocidad de aquel pirata ebrio que había resultado tan fácil de asesinar.

Que paradójico resultaba para el aún joven asesino que un hombre tan despreciable como aquel terminara muerto en una noche tan particular como aquella, a pesar del frió que reinaba en el ambiente, hasta ese momento Keanor no se había dado cuenta de lo iluminada que se encontraba la noche gracias a lo estrellada de la misma, pero además la fría briza del norte comenzaba a hacer que sintiera su cuerpo helado, la adrenalina del momento comenzaba a bajar y por lo mismo su cuerpo lograba percibir de manera correcta el frio que hacía lo mejor que podía hacer en ese momento era alejarse de la playa lo antes posible, si tenía suerte incluso era posible que lograra encontrar una cama donde dormir en aquella taberna que había estado antes, aunque después de haber estado en aquel lugar se preguntaba si no era mejor dormir por ahí bajo de alguno de los escasos árboles de la isla, aunque la verdad era mejor regresar a la taberna entre todos esos piratas mal olientes el olor de la cabeza se disimularía mejor mientras que a la intemperie nadie podía asegurar que la pestilencia pudiera llamar la atención de algún perro con deseos de comer algo más que vómitos de ebrios.

Con la cabeza ya en la bolsa, Keanor caminó hacía la mujer de las islas, se había alejado un poco, era una personalidad extraña de verdad, conversaba con él igual que si le hubiera descubierto hace ya unos minutos cortando flores en el campo… quizás tenía que ver con ser una mujer de las islas, aunque en realidad lo dudaba, había conocido a otras mujeres de las Islas y aunque les gustara pensar que no era así no dictaban mucho de cómo eran las mujeres en todo poniente -Eso depende de cuantos amigos tengas, si no son demasiados no podría contarte puesto que tendría que matarlos primero y después te mataría a ti...- le dijo caminando hasta quedar justo en frente de ella aunque esta vez conservando cierto nivel de distancia entre ambos -…Por lo demás que te responderé- Pero a pesar de sus palabras, la chica continuaba hablando con total familiaridad, de hecho después de algunas preguntas al aire se acerco aún más a él generando cierto aire de complicidad en aquello que estaba ocurriendo o al menos así era como se veía desde fuera, porque lo que en realidad ocurría entre ellos dos, era que ella deseaba satisfacer cierto grado de curiosidad que en realidad no sabía desde donde provenía, ni tampoco sabía que le hacía creer que él lo satisfaceria, porque la verdad, si prensaba que cambiaba mucho las cosas él que le hubiera visto asesinar, estaba muy equivocada, durante años muchas personas le habían visto asesinar a otras, incluso esposas e hijos habían visto como mataba a sus padres o algún familiar, realmente aquello no era algo que preocupara a Keanor.

-Efectivamente no pertenezco a las islas…- y en realidad no sabía a dónde pertenecía, alguna ves le habían dicho que había nacido en poniente, pero había vivido una parte importante de su vida más allá del mar angosto, final de cuentas no pertenecía a ningún lado, su propia madre quizás había sido como aquella misma chica… pero la verdad no le importante, sus rasgos no eran los de las islas y tampoco ansiaba ser un hombre del hierro -…Pero el resto ¿Por qué te lo tendría que contar? Pareces interesada así que me comienzo a preguntar de donde nace tanta curiosidad… dime algo ¿Qué gano yo porque sepas algunas cosas de las que preguntas? Hace unas horas necesitaba información sobre este tipo, pero ahora ya está muerto- Sin darse cuenta se había acercado mucho a la chica dejando no más que algunos centímetros de distancia entre ella y él. ¿El motivo para esta acción? No había uno había sido un acto reflejo, sin embargo un acto que lo dejaba en muy buen pie en caso de que ella intentara escapar y avisar a sus “amigos”, creía que podía matar a unos cuantos hombres, pero no a todo la taberna y en realidad prefería vivir para cobrar la recompensa que morir por dejar escapar a una pirata.

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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Sarga Pyke el Mar 19 Feb 2013, 04:20

El extranjero había guardado la pestilente cabeza dentro de una bolsa raída y Sarga contempló aquella acción con un gesto de repulsión en el rostro, preguntándose a quién y dónde llevaría aquella futura putrefacta masa de carne y huesos, la mejor prueba sin duda de que su trabajo había sido llevado a cabo con éxito. La isleña, aún así, se sentía más intrigada por el misterio que rodeaba al joven asesino, quien verdaderamente no parecía estar interesado en ninguna recompensa que no fuera la que había pactado con sus contratantes, y se dijo a sí misma que debía tratarse de algo muy importante o valioso como para que descartara siquiera registrar los bolsillos del cadáver. Sarga contempló el brillo de los ojos del extranjero mientras éste se aproximaba a ella dando lentos pasos sobre la arena que no mostraban cansancio ni desidia sino más bien tranquilidad y serenidad, y la joven se sorprendió al topar con semejante opacidad en aquellas pupilas cuyo resplandor parecía deberse tan sólo al reflejo de los parpadeos blancos de las estrellas. Estuvo absorta en aquellos enigmáticos ojos hasta que tras un rápido parpadeo, decidió romper el silencio que les rodeaba. - No pienso entrar en la casa de Ghoko - replicó negando con la cabeza y frunciendo el ceño, deslizándose sus cabellos rojos y alborotados sobre sus hombros - Es cierto que debe tener muchas riquezas guardadas pero lo que sí que tiene a ciencia cierta es un perro capaz de arrancarme el rostro de un solo bocado - Sarga levantó el dedo índice para moverlo a ambos lados mientras sonreía - No, no, no pienso acercarme a ese animal venido de los infiernos -. Sin embargo, a la hora de responder su siguiente cuestión el extranjero fue mucho más explícito, expresando con voz serena la posibilidad de tener que acabar con la vida de la isleña en caso de ser necesario. No era la primera vez que Sarga era amenazada de muerte pero quizá aquel hombre sí era el primero en advertirselo con tamaña sinceridad y tranquilidad bajo aquel muelle y no a voz en grito repleto de vino o cerveza hasta las cejas. Se había acercado a ella sin levantar la voz y sosteniendo aún la apestosa cabeza de Ghoko, cuyo cuerpo comenzaba a hundirse en la arena conforme las insistentes olas se deslizaban sobre él. Sarga le sostuvo la mirada sin retroceder ni un paso, pues si había algo que no soportaba era tener que demostrar que se sentía intimidada, y fue aquella también la razón por la que se había acercado a él con aquella sonrisa cómplice quizá algo inadecuada en una situación como aquella. Sonrió arrogante una vez más cuando el extranjero le confirmó no pertenecer a las Islas, con aquel vano orgullo que hacía que la joven se sintiera más valiosa que las gentes de las Tierras Verdes a pesar de que le sobraban dedos en las manos para contar a cuántas había conocido a lo largo de su vida. Con la escasa distancia que les separaba ahora a ambos, Sarga pudo volver a centrar la mirada en los pétreos ojos del asesino y comprobar que realmente ninguna emoción parecía alterar aquellas pupilas; aquella oscura cortina que parecía ocultar cualquier sensación que el extranjero estuviera pensando o sintiendo no hizo sino alimentar la incorregible curiosidad de la isleña. El hedor de la cabeza, afortunadamente, era arrastrado por la brisa marina lejos de ambos, en dirección al mar, por lo que Sarga no se vio en el apremio de tener que alejarse de aquel hombre que resultaba mucho más interesante cuanto más cerca estaba.

El extranjero se mostró entonces mucho más elocuente, expresando sus dudas y sospechas acerca de las preguntas a las que le sometía Sarga y mostrando su lado más mercenario al apuntar la posibilidad de ganar algo a cambio de proporcionarle a la joven pelirroja la información que le demandaba con tanta urgencia. - ¿Acaso te parezco tan peligrosa como para usar esa información en tu contra? - preguntó con gesto avispado, entrecerrando los ojos con un fingido gesto de astucia que quedaba a medio camino entre la burla y la veracidad de aquella cuestión - ¿O te he dado la impresión de que ha podido afectarme en algo la muerte de ese cerdo podrido? - añadió señalando el cuerpo de Ghoko con un despectivo gesto de la cabeza antes de regresar los ojos hacia el extranjero - Sólo soy una humilde pescadora de apellido bastardo que se aburre buscando bígaros entre las rocas de la costa - levantó sus ligeros dedos frente al asesino de forma que éste pudiera ver las leves cicatrices que los surcaban, recuerdos de las pequeñas heridas con las que a veces las rocas parecían defenderse cuando la isleña hurgaba en sus recovecos en busca de aquellos caracoles - Me encantaría escuchar tu historia y también cuáles han sido los errores que Ghoko ha cometido aunque algo me dice que uno de ellos ha sido subestimarte... -. Aquella última frase era un abierto y sincero halago hacia el mercenario que parecía no tener prisa una vez cumplida su misión, y Sarga no había dudado en reconocer el mérito a la hora de aprovechar la arrogancia de Ghoko para facilitar su trabajo. La isleña deslizó uno de sus pies sobre la arena a su lado, trazando una línea que rápidamente quedó llena de agua y espuma blanca cuando otra ola bañó los pies de ambos. - No pienses que iba a contarlo por ahí, ¿crees que mis vecinos reirían mucho de saber que no he movido un dedo para evitar la muerte de Ghoko? - la isleña resopló con cierto sarcasmo; no era que Ghoko fuese precisamente uno de los habitantes más queridos de Pyke pero era un Hombre del Hierro y como tal, debía ser antepuesto ante cualquier otro hombre. La joven Sarga, quien había tenido en sus carnes aquellas gruesas manos callosas en más de una ocasión y siempre sin su consentimiento, no podía dejar de solazarse por la muerte de alguien que paseaba por Puerto Blanco como si todo aquello le perteneciera por derecho, cuando ni su propio padre había querido reconocerle como sangre de su sangre. - Merecía morir - dictaminó con orgullo y cierta practicidad, aunque no había crueldad en su expresión al pronunciar aquellas palabras - Y tan sólo quiero saber qué más había hecho para confirmar los méritos que hizo para presentarse ante el Ahogado antes de tiempo. Ha tenido una muerte demasiado honorable aunque supongo que de alguna manera también la merecía: Ghoko siempre hizo muchos sacrificios a nuestro dios - explicó con una sonrisa sesgada dirigida al extranjero, suponiendo que éste comprendía a qué se estaba refiriendo la atrevida joven que le había seguido desde la taberna. Los ojos de la isleña se dirigieron una vez más al cuerpo inerte que yacía sobre la arena y la espuma de las olas, y por un instante pareció que rememoraba las hazañas de Ghoko, quien desde muy joven destacó por su fiereza en el combate y la violencia que ejercía sobre aquellos enemigos que caían en sus manos.

Tras un parpadeo, la atención de Sarga volvió a su silencioso interlocutor y en sus ojos azules apareció un brillo que acompañaba a una idea que había cruzado su mente. - Como te he dicho no tengo riqueza alguna excepto... - llevó una de sus manos a sus senos, donde se cobijaban los dos anillos que había hurtado aquel productivo día - … pero sí tengo algo de lo que creo que tú careces esta noche: un techo bajo el que dormir -. Sarga no estaba segura de aquellas palabras pero pensó que no perdía nada por intentarlo. En efecto, su vida en ocasiones era tan rutinaria que se veía obligada a meterse en líos sólo para entretenerse. Eso era lo que se repetía a sí misma. - Vivo en una cabaña a las afueras de Puerto Blanco, en aquella dirección - la joven alargó una mano en dirección al sur, allá donde las sombras nocturnas tan sólo permitían vislumbrar el perfil de los altos acantilados rocosos y también el de las enormes piedras que salpicaban la playa que conducía hacia ellos. La luz de las estrellas, aunque limpia y abundante aquella noche, no permitía distinguir nada más allá y conforme la vista se alejaba del resplandor de las antorchas de Puerto Blanco, la oscuridad ganaba terreno. - Puedes pasar la noche allí, tengo leche de cabra y también algo de pan duro si es que tienes hambre, y mientras lo comes puedes contarme la historia de aquél que te pagó por matar a Ghoko - Sarga omitió que tendría que elegir entre el jergón de madera y paja o las pieles que había en el suelo, y tampoco le dijo que había olvidado adquirir algo de leña seca y que con la que le quedaba apenas tendrían fuego hasta el amanecer, pero de alguna manera supuso que un hombre que parecía tan sobrio no exigiría demasiados lujos. - Me llamo Sarga - desveló con buen ánimo, cediendo a darle aquella información ya que le estaba invitando a pernoctar en su desvencijada cabaña - aunque es probable que escuches que me llaman “esa puta” o también “la hija de Harek”. Me gusta más que me llamen “esa puta” - el rostro de Sarga no mostró un gesto de chanza al decir esto, dando a entender que hablaba en serio, aunque trató de aligerar sus palabras añadiendo - Normalmente eso quiere decir que he conseguido salirme con la mía por encima de las pretensiones de alguien que me ha subestimado -. En esta ocasión sí sonrió, una vez esfumados de su mente los efímeros recuerdos de su padre que habían acudido a ella con la mención de su nombre. - No voy a pedirte que me digas tu nombre - comentó con cierta resignación, enarcando las cejas antes de suspirar mientras se alejaba dos o tres pasos del asesino, caminando de espaldas para no perderle de vista y esbozando una sonrisa - Pero te llamaré... Acero, ¿qué te parece? - el liviano tono interrogativo que Sarga usó en aquella pregunta daba a entender que realmente no le importaba demasiado la respuesta del hombre de las Tierras Verdes. Dando un pequeño salto en la arena la isleña alcanzó una enorme roca que delimitaba la zona de muelles del resto de la playa, y apoyando el codo sobre la rugosa superficie cubierta de húmedo musgo, miró a su recién bautizado interlocutor, ladeando el rostro como si le examinara mientras esperaba a que éste aceptara o no su modesta hospitalidad.
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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Keanor el Mar 19 Feb 2013, 18:49

Kenaor no logro contener una carcajada al verla actuar de esa manera adjudicando a un perro su deseo de no acercarse a una casa, un simple perro quien sabe cuántas cosas peores que engañar a un perro podría haber hecho ya en su vida aquella pirata, pero aún así le resultaba cómica su actuación del temor al perro, aunque también le provocaba un poco de curiosidad aquello de conocer los tesoros que el hombre tenía escondidos en su hogar… pero no, Skarto tenía razón en sus enseñanzas, el dinero que había cobrado por aquella muerte era más que suficiente no necesitaba robar ya lo haría en alguna otra ocasión cuando alguien le pagara por hacerlo -Me imagino que ha de ser un animal muy peligroso como para que alguien tan valiente como tú, que no a apartado la mirada si quiera un segundo mientras se cortaba la cabeza a este tipo, le tenga miedo – le respondió ahora con cierta ironía en sus palabras, aunque tras aquella ironía también se escondía un poco de la sorpresa que le había provocado a Keanor que no apartara la mirada, de hecho en ese preciso momento tampoco apartaba la mirada de sus ojos, no muchas personas solían hacer eso, la mayoría solía molestar o bajar su mirada después de unos segundos de contacto visual con ella, sin embargo aquella aparentemente frágil pirata no lo hacía, muy por el contrario por momentos el asesino tenía la sensación de que la mujer buscaba sus ojos como si buscara descifrar algo en ellos… menuda pérdida de tiempo, los ojos de Keanor habían perdido el brillo hace ya muchos años, incluso Skarto muchas veces le había dicho que él había nacido sin brillo en los ojos.

-¿Importa algo lo que pareces a mis ojos? No te conozco, puedes estar engañándome y quizás nunca me enterare…- Iba a continuar replicando a los cuestionamientos que la mujer le estaba planteando, sin embargo su la suave vos de la chiquilla se alzó más alta que la de él mientras continuaba con su exposición, una bastante convincente por cierto, de hecho por un segundo el asesino se preguntó cuantas veces la abría dado, en poniente… o en las tierras verdes como ella las llamaba… aquella historia podría ser contada frente a un adinerado hombre y seguro él se compadecería de aquella pobre hermosa mujer… pero no frente a Keanor, no conocía del todo la vida de la chica, sin embargo sabía que todos los recuerdos que tenía de la edad en que un niño era un infierno, uno que lo había transformado en lo que hoy era, lo que ella hiciera para ganarse la vida poco le importaba, la verdad lo importante es que podía hacerlo. De alguna forma le comenzaba a incomodar la que él sentía como la franqueza de aquella mujer, por más que lo intentaba no sentía mentiras en ella y es que en realidad no tenía porque mentirle, incluso quizás le comenzaba a incomodar el hecho de que ni siquiera demostrara cierto temor por quien él era y por lo que podía hacer, muy por el contrario al hablar de la muerte incluso le dedicaba halagos al hablar de su habilidad [color=Brown]-No hay mucha historia que contar la verdad, no creo que sea importante sólo se metió con alguien de las tierras verdes- Le insistió mientras dejaba que el viento bañara el cuerpo de ambos, sólo había un ligero rastro a pestilencia por la cabeza, pero a momentos se hacía irreconocible en aquella escena.

Se mantuvo unos segundos observándola y la verdad se disponía a marcharse, después de la conversación y la explicación de la importancia de ser un hombre del hierro en las islas, comprendía muy bien que no podría regresar a la taberna, no había sentido en matar a un hombre por dinero y perder la vida esperando para regresar por la recompensa, sin embargo algo de lo que la chiquilla le dijo le llamo la atención ¿Merecía morir? De verdad lo merecía, algunas veces se había preguntado si las personas a las que mataba merecían morir y nunca llegaba a una conclusión, no lo sabía -¿Merecía morir? ¿Porqué estas tan segura? Yo no lo sé ni me importa, no soy el guerrero, el desconocido ni el ahogado… ¿así llamáis a vuestros dioses no?- le comentó dejando clara su total ignorancia respecto a los dioses que alababa la gente en poniente o más allá del mar angosto, Keanor no sabía nada de los dioses y es que no había motivos para saber de ellos si ellos no sabían nada de él -El asunto es que no soy ninguno de ellos, no sé si alguien merece o no morir, sólo sé que si alguien tiene el dinero suficiente para que yo mate a esa persona, entonces morirá o yo moriré intentándolo…- No había sentido en averiguar los motivos por los cuales una persona deseaba la muerte a otra, muchas veces eran estupideces tal cual lo era aquella que le había llevado a él a matar a ese tal Ghoko, el honor de un padre y una madre que sienten mancillado el honor de una chiquilla que seguramente humedeció su entrepierna como cualquier puta cuando él la tocó.

La chica tenía tantas preguntas y explicaciones para todas, se parecía a uno de esos señores de las casas regentes, esos que se llenan de bellas palabras mientras sus vasallos asienten y les sonríen… ella quizás abría sido una buena regente pero había nacido bastarda y como mucho llegaría a ser dueña de una casa lujosa… y hablando de casas, llegó la oferta de la chica, sin lugar a dudas quería saber la historia y eso podía responder a dos cosas nada más, una curiosidad sin límites o que algo escondía, pero la oferta era buena, un techo era mejor que tener que dormir en la playa -No tengo intenciones de quedarme tanto como para escuchar tanto de ti… y donde yo me críe, ser puta es una profesión… así que Sarga… si tanto deseáis saber la historia de aquel hombre, aceptare vuestra propuesta, mas os advierto… si es una trampa y en aquella casas hay más hombres de los que yo pueda matar, moriré, pero os juro por ese dios del que habláis, que antes os matare a vos- Le dijo en tono amenazante y con una mirada gélida que daba a entender que no estaba jugando realmente. Los argumentos que le había dado hasta ahora la chica era sólidos, sin embargo también era posible que fuera traicionado y aquella no fuera una embaucadora incluso mejor que él, Keanor no confiaba en nadie y las islas de hierro no eran el lugar para comenzar a hacerlo -Mi nombre es Keanor- le dijo acabando el suspenso antes de comenzar a seguir sus pasos por la playa de Pyke.

La noche ya estaba muy entrada, desde que había hecho arribo a esa taberna ya deberían haber pasado al menos 3 horas como mínimo, las horas no le importaban mucho pero el ambiente comenzaba a cambiar, la marea comenzaba a cubrir de niebla las calles de Pyke y el olor a pestilencia ya provenía de todos lados no sólo de la bolsa que portaba en sus manos, los desperdicios provenientes del muelle comenzaban a podrirse más rápido con la humedad y todo lo que rondaba por las calles eran animales en busca de algo que comer, los perros abundaban, más de alguno se intento acercar a la mal oliente bolsa, pero como si de un aura se tratara, ninguno de ellos se acercaba a la pareja que caminaba despreocupada, al menos aparentemente puesto que Keanor no dejaba de pensar o analizar los movimientos que realizaba la mujer que dentro de todo le había ofrecido tan amablemente su propia casa.

Caminaron unos cuantos pasos cuando Keanor pudo divisar a lo lejos a algunos de los hombres que en la taberna el había identificado como guardias de aquel hombre, aquello no podía ser bueno, había pasado más tiempo del que él creía y habían comenzado a buscar al hombre que pagaba sus tragos, eran sólo 4 hombres, quizás los podría matar, tenía grandes opciones si mataba al primero de sorpresa, sin embargo nadie aseguraba que lo buscaban a él podría evitarse matar a alguien más aquella noche, además estaba el hecho de que por su sangre estaba dispuesto a cumplir su promesa, si Sarga decía algo o los alertaba la mataría en ese mismo lugar, pero confiaría en ella por ahora por lo mismo sólo subió la capucha sobre su cabeza y continuo caminando. -Nadie sabe donde fue, los únicos que vieron algo de él fue que se molesto con una principito de las tierras verdes- dijo un hombre que en su borrachera hablaba tan fuerte que Keanor gracias al silencio reinante le podía escuchar a pesar de los metros de distancia que aún existían entre ellos -Seguro esta con una puta en algún lugar, y nosotros deberíamos estar haciendo lo mismo- replicó otro, pero era suficiente, aquellas personas le buscaban de alguna forma y sabían algo de él, tomarlos desprevenidos no sería fácil y su apariencia no le ayudaría a ocultarse, sus rasgos no eran los de los hombres de las islas y ver a un hombre con capucha tampoco era muy normal, si alguno de ellos le reconocía y revisaba la bolsa estaba perdido. Pero cuando sólo restaban unos cuantos metros para el contacto, Keanor cogió a Sarga de la cintura y la apoyo en una improvisada mesa que había fuera de lo que parecía ser un local comercial, con ella de esa forma no dudo en hundir su rostro en el cuello de la mujer. Sarga poseía rasgos unidos en la isla también o al menos eso le pareció a Keanor cuando uno de los piratas se detuvo por un momento… al parecer no había remedio, tendría que pelear y esperar que la borrachera de los cuatro hombres fuera suficiente como para poder salir airoso, sin embargo grande fue su sorpresa cuando uno de los hombres simplemente dijo -Mira la puta ya ha cogido a otro… no trates de calentarla, seguro las caricias en el cuello ya no cosquillas le hacen- dijo uno de ellos, probablemente el más grande puesto que el tono de voz del hombre así le hacía imaginar. Pero para suerte de ambos… quizás… aquella situación no paso a mayores, entre risas y comentarios los hombres se alejaron.

-Los oíste ¿no? Saben que posiblemente estuvieron conmigo, yo me marchare de aquí con vida… pero tu seguirás aquí, no me has hecho nada, incluso pudiste haber gritado ¿Eres consciente de a lo que te expones si te ven conmigo?- Le dijo a modo de advertencia y a la vez agradecimiento por haberle librado de una pelea incensaría y sin sentido.

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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Sarga Pyke el Miér 20 Feb 2013, 03:33

Sarga rió con aire travieso al escuchar en qué términos aquel extranjero aceptaba su invitación a pernoctar bajo su deteriorado techo. Obviamente no había esperado que confiara ciegamente en ella y no podía culparle, pues la reacción lógica de Sarga debería haber sido la inmediata defensa y posterior venganza de su paisano. Los ojos del joven asesino adquirieron en aquel momento el brillo del acero y también su dureza mientras exponía sus condiciones antes de dirigirse hacia la cabaña de la playa, y la frialdad con la que aseguró a su futura anfitriona que acabaría con su vida en caso de estar conduciéndole a una trampa indicaba con bastante claridad la veracidad de sus intenciones. Sarga, sin nada que temer puesto que realmente no ocultaba nada ni tenía más plan en mente en principio que escuchar la historia de aquel mercenario, sonrió complacida especialmente al escuchar su nombre, aunque dio por hecho que no era auténtico. - Keanor... creo que te seguiré llamando Acero, ¿no crees que es más sugerente? - inquirió algo burlona aunque sin malicia, con la alegría de una niña a la que se ha concedido un deseo. Sin esperar una respuesta, se giró para echar a andar sobre la arena salpicada de piedras, acompañada por el silencioso mercenario y la apestosa cabeza que cargaba. La noche había hecho posesión ya de Puerto Blanco y sus alrededores y por esto Sarga decidió que atravesarían el pueblo en lugar de bordearlo, aprovechando las escasas antorchas que aún iluminaban algunas de las pequeñas calles. La niebla que se deslizaba con pereza desde el mar para internarse entre las casas provocaba que el ambiente adquiriese matices espectrales y amenazantes, pues en cualquier esquina podía haber alguien apostado y dispuesto a atacar aprovechando que la visibilidad se reducía. Sarga aún así parecía no tener ninguna precaución y avanzaba sobre el empedrado con buen ánimo, respirando aquel olor a pescado, a piedra y a sal que tanto desagradaba a quienes no eran oriundos de aquellas Islas. Sus cabellos rojos parecían atrapar el reflejo de las antorchas y destacaban en la negrura de aquella noche sin luna y entre los jirones de niebla que parecían quedarse enredados en ellos, uno de los motivos por los que la joven isleña detestaba el color de su melena revuelta. Pasar desapercibida en ocasiones era complicado a menos que se cubriera la cabeza, y por la misma razón era muy conocida entre los habitantes de Puerto Blanco y otras aldeas de las que salpicaban la pequeña y pedregosa isla de Pyke. - Los primeros barcos de las Tierras Verdes suelen llegar al amanecer - le explicó bajando el tono de voz, acompañando así al murmullo de las olas que lamían las costas con la insistencia de un amante entregado - y parten al mediodía, no suelen quedarse mucho tiempo entre nosotros... - Sarga se volvió hacia Keanor con una sonrisa ladeada y pícara, contemplando el perfil de su rostro asomando bajo la capucha con la que, previsoramente, se había cubierto - Sospecho que tú tampoco, ¿verdad? - la joven echó un rápido vistazo al redondo bulto que Keanor portaba y los perros callejeros parecían olfatear a distancia - Quizá podrías conseguir algo de hielo, sal y paja para conservarla - apuntó antes de interrumpir sus palabras al escuchar las roncas voces de cuatro hombres apostados en una pequeña plazoleta, no demasiado lejos de la taberna en la que Keanor había encontrado a Ghoko y en la que había además algunos talleres de artesanos. Sarga reconoció a cuatro de los tipos que solían rodear al pirata bastardo y supo entonces que le estaban buscando; demasiado tiempo llevaba ausente de la taberna como para no pensar que algo le había ocurrido. Haciendo gala de una inusitada sangre fría en ella y en el fondo, solazándose con aquella situación de riesgo, la joven pelirroja no detuvo sus pasos y continuó caminando con naturalidad, distinguiendo los rasgos de los piratas en la niebla y comprobando también el grado de ebriedad de todos ellos.

Sarga estaba dispuesta a saludar e incluso a conversar con ellos en aras de un disimulo natural que alejase cualquier sospecha de ella y su embozado acompañante, pero Keanor fue más rápido en procurar una solución ante tal situación de peligro. Aprovechando una mesa sobre la que el peletero solía exhibir los objetos que realizaba con las pieles de las cabras que él mismo desollaba en la parte trasera de su taller, Keanor atenazó la cintura para apoyar a Sarga sobre ella, escondiendo su rostro en el cuello de la joven justo en el momento en el que los cuatro piratas se acercaban a ellos. La isleña, sorprendida por aquel arrebato, tan sólo acertó a aferrarse a la espalda del extranjero, acomodando su cuerpo entre sus muslos y usando su melena roja para ocultar la identidad de Keanor. Fijó entonces sus ojos en los piratas, acelerándose su corazón al percibir el cálido aliento del mercenario acariciando la piel de su cuello, y les dedicó una sonrisa lasciva y descarada al escuchar el comentario que hizo uno de ellos con la voz ronca por el abuso del vino. - Ya quisieras tú poder hacerme cosquillas, Swerd - sus ojos azules se posaron en el rostro colorado del que parecía ser el líder de aquellos cuatro cerdos podridos mientras una de sus manos recorría la espalda del mercenario de arriba a abajo - ¿Os vais a quedar ahí mirando? ¿Ya se os ha olvidado cómo se hace? - les preguntó provocadora y desafiante antes de reír abiertamente. Los piratas la acompañaron también con sus carcajadas y un par de comentarios soeces antes de alejarse y perderse entre la niebla para continuar con la búsqueda del desafortunado Ghoko. Los dos jóvenes entonces se separaron y Sarga volvió a posar los pies en el suelo, levemente ruborizada no precisamente por timidez o vergüenza. Keanor examinó entonces la situación en la que se encontraba Sarga por haberle protegido ante los amigos de Ghoko pero la joven isleña no parecía inquieta por ello a pesar de que era consciente de que no le faltaba razón. - Todos están borrachos, no creo que mañana recuerden con demasiada coherencia lo ocurrido esta noche - respondió mirándole con un gesto astuto antes de comenzar a caminar de nuevo, estremeciéndose ante una ligera ventisca que se retorcía entre los peñascos de la playa hasta alcanzar Puerto Blanco - Además... soy una excelente mentirosa - concluyó de soslayo antes de reír una vez más y con tal despreocupación que su risa fue lo único que se escuchó en aquellas calles invadidas por la niebla marina antes de que ambos dejaran atrás el pueblo, adentrándose de nuevo en la playa. La arena húmeda se aplastaba bajo sus pies y el rumor del mar se hacía aún más audible, convirtiéndose en un rugido. El viento no encontraba allí límites a su ímpetu así que Sarga hubo de sostener su melena de fuego entre sus dedos, alejándola de su rostro. - No falta mucho - dijo girándose hacia su invitado, contemplándole unos instantes antes de regresar la mirada al frente, como si aún siguiera sorprendida por haber comprobado que aquel cuerpo desprendía calor a pesar de la férrea gelidez que mostraban sus ojos y también su voz.

Sarga no mentía y pronto, entre la niebla, apareció el desdibujado perfil de la desvencijada cabaña que hacía las veces de hogar para la joven. Se encontraba a escasos metros de la costa y alzada sobre un pequeño peñasco cubierto de salitre y musgo que la protegía cuando subía la marea, pese a lo cual presentaba un aspecto bastante deteriorado que se hacía más palpable conforme ambos jóvenes se iban aproximando a ella. El muro que ofrecía resistencia al viento y al mar aparecía fuertemente erosionado en comparación con el resto, que aún conservaban intactas las afiladas y gruesas piedras con las que había sido construida la casita. Una puerta de madera henchida y astillada parecía ser la única abertura de la cabaña, aunque con la cercanía se pudieron distinguir también dos pequeñas ventanas redondas de ejecución tan tosca que parecían realmente dos agujeros abiertos en las piedras a martillazos. Una pequeña chimenea apuntaba al cielo negro poblado de estrellas y parecía sostenerse a duras penas sobre un tejado al que le faltaban la mitad de la tejas; las que quedaban se hallaban en su mayoría partidas o cubiertas de musgo, dando una impresión de abandono casi fantasmagórica. Junto a la puerta de madera se hallaba un montón de redes con algunas conchas intercaladas, cuya blancura las había destacar entre tanto gris y negro, y también tres o cuatro cubos de madera de variados tamaños, acumulados de cualquier forma. Muy cerca de la cabaña y amarrada a un pequeño poste de madera que apenas asomaba entre la arena se encontraba una precaria barca apropiada para la navegación de cabotaje que ni siquiera contaba con un mástil al que amarrar una vela. Tan sólo se veía en su interior un par de remos, un cubo y otro montón de redes. - Éste es mi hogar - exclamó al viento Sarga, elevando la voz para ser escuchada por encima del rugido del mar embravecido a esas horas de la madrugada y girándose hacia Keanor antes de escalar por dos o tres rocas negras que conducían al peñasco sobre el que se elevaba la cabaña. De niña, Sarga siempre había imaginado que era la gran fortaleza de Pyke que regía los enormes acantilados de la isla y que podía verse desde allí cuando lucía el sol o en noches sin niebla y luna llena, e imaginaba ser una Greyjoy a la que todos los piratas servían y obedecían. De un fuerte empujón que la isleña le propinó con el hombro la puerta de madera se abrió, chocando con la pared y manteniéndose misteriosamente sobre los goznes. El interior de aquella casita se amoldaba perfectamente a su exterior: un precario jergón de paja ocupaba toda una pared y en un rincón, se acumulaban pieles de todo tipo, abundando las de cabra y destacando un par de oso y también alguna de huargo, la mayoría de ellas algo raídas y descuidadas. Algunos enseres de cocina de barro, madera y hierro se acumulaban en otro de los rincones de la cabaña junto a un armario de madera reblandecida por la humedad cuyo contenido era tan variado que iba desde alguna hogaza de pan duro hasta las joyas que hurtaba, pasando por retales, pequeñas dagas de filo mellado, un puñado de tornillos y cualquier tipo de objeto que Sarga considerara que podría serle útil. Tras introducir los dedos entre sus senos y extraer los anillos conseguidos aquel día, los depositó en el interior de aquel armario antes de tomar del mismo una jarra de barro, comprobando su contenido. - Leche de cabra - dictaminó depositando la jarra sobre una pequeña mesa de madera que se acompañaba de dos sillas que no parecían demasiado estables. - ¿Me contarás quién te ha enviado a Pyke a por la cabeza de Ghoko? - preguntó sin perder su ánimo curioso, dejándose caer sobre las pieles como si éstas fuesen el más lujoso y cómodo de los tronos de Poniente.
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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Keanor el Jue 21 Feb 2013, 20:11

Keanor ya había averiguado algo sobre las horas en que zapaban los barcos desde las islas del Hierro, pero la información que ella le daba era valiosa puesto que la verdad era que tendría que partir lo antes posible más que nada en aras de conservar lo mejor posible la cabeza ya que aún le aguardaban cerca de 15 días de viaje antes de llegar a su destino, de no haber sido por eso probablemente si se habría quedado un par de días por aquellas tierras, a final de cuentas por lo que la misma Sarga le había contado abundaba el trabajo para gente como él, incluso al punto en que padres podrían desear matar a hijos… justo como ella había sospechado le había ocurrido a Ghoko, pero era mejor no pensar en aquello, su objetivo ya estaba cumplido de cierta forma así que ahora sólo restaba finalizarlo y lo mejor para todos era no salir de aquello, incluso era lo mejor para su nueva anfitriona -Aún no estoy seguro, pero es probable que parte mañana de regreso…- le mintió aún con un dejo de desconfianza en sus acciones y la verdad es que a los ojos del asesino nadie podría culparlo puesto que la curiosidad de la joven era un tanto extraña y poco frecuente -Y mañana conseguiré algo de Sal, con eso bastara, me aguardan largos días de viaje y el hielo finalmente sólo ayudaría a que se pudra antes y además se deformen aún más sus facciones- si aquellos del dominio simplemente se hubieran conformado con el anillo del pirata abría sido mucho más fácil, pero aquella clase de gente, esas familias emergentes que por un golpe de suerte de pronto son ricos nunca confiaba en esa clase de cosas, no eran como las familias nobles de un largo linaje que solían comprender de mejor forma que nadie suelta el anillo de su familia por un simple amenaza.

El encuentro con aquellos piratas represento un momento tenso para el proveniente de las tierras verdes, su rostro nunca lo representaría pero en pocos minutos había tratado de trazar diferentes rutas por las cuales podría escapar si alguien lo atrapaba y también había pensado en unas cuentas mentira que podría llegar a utilizar, pero para suerte de Keanor no había necesario y sorprendentemente esta vez no era gracias a su habilidad solamente sino que en gran medida se lo debía a la pirata de rojos cabellos, algo le decía que podía confiar en ella pero aún su cerebro le recordaba una y otra vez que había sido la desconfianza lo que le había mantenido con vida esos años… de hecho cuando ella le replicó que era una excelente mentirosa se vio tentado a decirle que aquello era a lo que temía que fuera una mentirosa tan buena que tuviera la capacidad necesaria para mentirle a él mismo y arrastrarlo a una trampa, sin embargo a pesar de esa tentación contuvo su impulso y simplemente se limito a sonreír de la forma más natural que le fue posible, si ella hubiera querido entregarle podría haberlo hecho en ese minuto así que se había ganado aquella pequeña concesión y además el no recibir algún comentario que le pudiera resultar insultante respecto a sus habilidades…. Por ahora, al asesino sólo se quedaba no arrepentirse en el futuro de aquella acción. El resto del viaje transcurrió con relativa normalidad para Keanor quien a pesar de la renovada confianza en su compañera de viaje se mantenía aun atento a cada movimiento que sentía alrededor de él, pero finalmente ella anunció que estaba cerca de su destino.

Al ver la ubicación de la casa no se sorprendió por el estado de la casa, de hecho la casa no dictaba mucho de lo que había imaginado en primera instancia, lo que realmente le sorprendió era la ubicación de la casa, en su mente se había dibujado una casa en un sucio callejón, sin embargo la ubicación estaba lejana a eso, por el contrario se alzaba orgullosa en lugar privilegiado, aquella posición de la casa le obligaba a preguntarse a si mismo cuantas personas le abrían hecho cuantiosas ofertas por quedarse con aquel lugar… al menos en poniente aquella ubicación abría costado bastante oro, los ricos señores de poniente siempre gustaban de construir sus hogares en posiciones que les permitían alzarse por sobre el resto, los nuevos señores lo hacían buscando mostrar a todos su nueva posición y los logros que habían obtenido, mientras que los grandes señores, aquellos de las casas señoriales solían hacerlo por simple capricho, a veces para el hijo que nada heredera salvo una hermosa casa. De pronto luego de ver aquella ubicación se preguntó por primera vez quien era aquella chica, sus rasgos no eran comunes en aquellas islas, si bien Keanor era completamente ajeno a aquel lugar, ella por su parte eraba muy alejada del estereotipo de los hijos del Hierro o al menos físicamente así era ¿Acaso sería la hija de alguna familia caída en desagracia? Eso calzaría plenamente en todo lo que había pensado, una buena ubicación en la isla y además rasgos diferentes al común del pueblo. A pesar de que su labor era simplemente hacer lo que se le pedía que hiciera en aquella ocasión se permitió la curiosidad, su trabajo estaba cumplido y todo aquello era simplemente algo en que matar el tiempo antes de partir de regreso al dominio y Skarto nunca le había dicho que no estaba permitido matar el tiempo descubriendo un poco de alguien.

-Es un Buen lugar- le dijo cuando ella le presentó su hogar, en un comienzo pensó decirle que era un bello lugar como solía decir siempre por una mera norma de educación que a los nobles les gustaba recibir, pero de seguro ella lo tomaría como una ironía aunque en realidad no lo fuera… la chica nunca lo llegaría a saber, pero aquella humilde cabaña era mucho más de lo que Keanor podía llamar como “propio” y probablemente era mucho más de lo que llegaría a tener en toda su vida, pero no había nada que reprochar puesto que ella se mostraba orgullosa de aquello que poseía y bien hacía puesto que al menos poseía algo que la cubriera del frío o los terrores de la noche. Sin quererlo casi se había sumido en pensamientos de una infancia que no recordaba, pero la voz de Sarga lo saco de dichos pensamientos al mencionar algo que no logro comprender sumido en sus pensamientos. Una vez más con los sentidos puestos en aquel lugar agradeció lo que había aprendido puesto que sabía que su rostro había sido mismo de siempre y por lo mismo pudo analizar cuidadosamente el lugar que se le presentaba, en primera instancia no pudo evitar que las pieles llamaran su atención identificando inmediatamente una de huargo, piel que una vez más lo llevó a preguntarse quién era su acompañante ¿Aquella chica sabría el valor de aquella piel? Los norteños valoraban mucho la piel del animal que flameaba en el emblema de los Stark y cazarlos no era nada fácil en especial si no eres un salvaje de más allá del muro… pero al parecer la mujer tenía muchas más sorpresas guardadas en su cabaña, una de ellas era la sorpresa de que no le había mentido en su primer encuentro, era verdad que no vendía todas las joyas puesto que luego de hurgar entre sus pechos había depositado el otro anillo que había visto en la playa y lo había guardado junto a otros tantos… algo muy lejano al primer pensamiento de Keanor quien había asumido que aquello iba a ser vendido a primera hora del día siguiente.

La escucho hablar con tranquilidad incluso la vio acostarse en las cómodas pieles que antes le habían llamado la atención, pero se mantuvo sin decir nada por unos momentos hasta que finalmente camino hasta la pared que queda justo en frente de la nueva ubicación de la pirata, Ya en ese lugar cruzo sus piernas y se sentó en el suelo con la naturalidad propia de quien se ha acostumbrado incluso a dormir en el suelo por años. Dejo la cabeza la cabeza a unos metros de él y luego posiciona su espalda recta contra la pared para finalmente aclarar su voz -Has cumplido tu parte del acuerdo, yo también lo hare… Hace 10 días salí desde el dominio en busca de este hombre…- le dijo mientras apuntaba la cabeza que estaba a unos metros de él -Me ha contratado un hombre cuyo nombre dudo que conozcas puesto que ni siquiera yo lo recuerdo… no es una familia noble, según tengo entendido era un hombre afortunado que tuvo una racha de buenas cosechas de trigo cuando hubo escases de este mismo… con eso gano mucho dinero, el suficiente como para cumplir un capricho estúpido como es darse el lujo de pagarme 100 dragones por matar a alguien…- le dijo en un comienzo narrándole la historia sobre lo poco que conocía de aquella familia, lo que Keanor se había limitado a aprender sobre aquella familia era que tenían el dinero suficiente para pagarle, puesto que a final de cuentas siempre amenazaba de muerte si le traicionaban, la verdad era que la finalidad de todo aquello era recibir dinero no muertes -Y el motivo, en algún viaje, esta tal Ghoko abordo el barco en que ellos se encontraban y les robo… y además entre llantos aquella molesta mujer decía que el pirata había robado la virtud de su hija al realizarle tocasiones o algo parecido, aunque la verdad… espero que aquel hombre posea mucho dinero y encuentre siempre buenos asesinos, porque si su hija perdió alguna virtud con Ghoko, estoy seguro que había perdido muchas otras con otros y probablemente perderá muchas más en el futuro- rara ves Keanor hacia comentarios sobre sus clientes, pero fue algo que se permitió en esta ocasión casi como una muestra de agradecimiento hacia la mujer que ahora le brindaba un techo. -Por lo demás creo que no os puedo contar mucho más sobre los motivos… soy un asesino, nunca pregunto los motivos por los cuales debo matar a alguien, si algo sé es porque quienes me contratan me lo cuentan… pero no está en mi juzgar los motivos por los cuales matan a alguien, no me importa si es bueno o malo, si merece morir o debería vivir… lo único que yo sé es que debo matarle – Le dijo finalmente en un tono totalmente frio carente de todo sentimiento frente a la confesión y la crueldad de sus “trabajos”.

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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Sarga Pyke el Sáb 23 Feb 2013, 03:28

Sarga contempló al asesino con cierta curiosidad cuando éste decidió rechazar silenciosamente la silla y la leche de cabra que ella le había ofrecido para tomar asiento en el pequeño espacio que había frente a ella, encontrando acomodo su espalda contra la pared de madera húmeda. Había abandonado por primera vez la cabeza de Ghoko, dejándola junto a la mesa, y aquello representó para Sarga una prueba de confianza, seguramente inconsciente. En realidad prefería que así fuera, su pequeño hogar estaba impregnado del olor del salitre, la roca y los moluscos que a menudo almacenaba para intercambiar en Puerto Blanco; no necesitaba también el hedor de la pestilente sangre de Ghoko. Cual niña dispuesta a escuchar una historia acerca de los misteriosos seres que se decía que había más allá de El Muro o quizá un relato acerca de los Niños del Bosque, se inclinó sobre las cálidas pieles como si fuesen un diván, hundiéndose sus curvas en aquellos pelajes de colores variados mientras ella apoyaba su mejilla en el dorso de su mano. Acero, como la isleña gustaba de nombrar a su compañero aquella noche, dejó claro antes de comenzar a hablar que si cedía a contar la historia que Sarga le había pedido con una insistencia casi imprudente era porque ella había cumplido su palabra. Así era como funcionaban los mercenarios, se dijo la joven a sí misma, poco acostumbrada a ver el honor y la palabra cumplida en un entorno como el suyo, lo que aumentó aún más la intriga hacia el hombre de ojos de acero que tenía delante. Le escuchó con atención, bebiendo cada palabra de las que él pronunciaba como si fuese la leyenda más emocionante de Poniente y disfrutando de aquel radical cambio en sus rutinarios planes de aquella noche, sabiendo que no habría muchas oportunidades en el futuro de poder alterar su vida diaria. Enarcó las cejas con sorpresa al escuchar la cantidad que le habían ofrecido por la cabeza de Ghoko y se dijo a sí misma que por la mitad de ese dinero, ella habría decapitado a toda la tripulación del gordo y fanfarrón pirata. Keanor terminó su explicación apostillando realmente cuáles eran sus principios y motivaciones en cuanto a la labor que realizaba y Sarga se percató de que no existía en sus ojos ningún tipo de ambición o de rabia, y que la controlada violencia que había exhibido ante ella se había limitado al momento de acabar con la vida de Ghoko. Ni siquiera había humillado de algún modo a su víctima, pues incluso le había ofrecido una pelea justa bajo el muelle, a solas ambos. La joven isleña no estaba habituada a ese tipo de comportamientos, por lo que miraba a Keanor con sumo interés. Se cuidó sin embargo de mostrarle cualquier tipo de admiración, pues si había algo a lo que Sarga se negaba en rotundo era a alimentar el ego de los hombres... a menos que le fuera beneficioso. Cuando el asesino terminó de hablar, se produjo un breve silencio entre ambos en el que tan sólo se hacía audible el rumor del mar que se mecía infatigable. En aquella cabaña y en noches tranquilas sin viento, ni siquiera llegaban hasta allí las amortiguadas voces de los que aún se divertían en la taberna o en el burdel, así que cuando finalmente Sarga comenzó a reír, pareció que su risa llenaba el aire. - ¿Han mandado matar a un hombre que metió sus dedos en el coño virgen de su hija? - repitió incrédula mientras retiraba un mechón de cabello rojo de su rostro, divertida por aquel motivo absurdo y en parte decepcionada, pues había esperado algo más insólito - O no tan virgen, por lo que dices... ¿lo comprobaste tú mismo? - le inquirió juguetona, enarcando las cejas y acomodándose en las pieles mostrándose confiada y relajada.

- ¿Qué vas a hacer con tanto oro? - le preguntó tumbándose bocaarriba y mirando con aire soñador hacia el techo de su cabaña, poblado de telarañas y de moho. Sarga, que apenas había tenido nunca en sus manos un solo dragón de oro, no alcanzaba a comprender el valor del precio que Keanor cobraría por aquella muerte, pues desde niña había visto que a su alrededor todo funcionaba mediante el intercambio. Quizá con cien dragones de oro podía comprar una fortaleza, o tan sólo una buena vaca, lo cierto es que la isleña desconocía aquel tipo de datos y por ello interrogaba al asesino acerca de sus intenciones. - ¿Por qué no intentas conseguir más? - le espetó volviendo el rostro hacia él, quedando sus cabellos rojos desperdigados sobre las pieles grisáceas y marrones mientras doblaba una pierna - Si pueden pagar eso por una cabeza podrida... seguro que puedes pedirles más dinero si les amenazas - tras una pausa, añadió lacónica - Fóllate a la pequeña furcia o amenázales con hacerlo -. La practicidad que mostraba la isleña y también la velada ambición eran herencia directa de su padre a pesar de que no compartían la misma sangre. Eran virtudes o quizá defectos que realmente no le habían servido de mucho al pirata Harek puesto que no sólo había estrellado su barco y no había conseguido procurarse otro, sino que había acabado sus días a manos de la muchacha a la que había criado como si fuese su hija a sabiendas de que no lo era. - ¿O tus principios no te permiten eso? - podía vislumbrarse una leve burla en las provocadoras palabras de la isleña, quien sesgó la miraba como si estuviera evaluando la reacción del asesino mientras volvía a girar el cuerpo, retozando sobre aquellas pieles que resultaban ser lo único cálido que podía ofrecer aquella pequeña casa que se caía a trozos, pues ni el fuego estaba encendido en la pequeña chimenea que más bien era un agujero en la pared reforzado con algunas piedras negras por el fuego y el humo. - Nunca he estado en las Tierras Verdes - reflexionó tras unos instantes, dotando a sus palabras de una humildad que hasta ahora no habían tenido intrigada como estaba en el modo de vida del asesino que se sentaba frente a ella con actitud apacible - pero no creo que me gustasen. Ni que yo les gustase a sus habitantes - concluyó riendo de nuevo mientras alzaba una pierna en el aire para extender sus brazos y desatar la rudimentaria sandalia de piel que cubría su piel; el vestido se deslizó entonces hasta su muslo pero no fue algo a lo que la joven isleña pareciera dar importancia, enfrascada como estaba en la tarea de descalzarse. El frío y la humedad del solitario y desolador paraje en el que se alzaba su pequeño y desvencijado hogar no parecía hacer mella en ella, quien parecía estar constantemente ardiendo no sólo por el color de sus cabellos sino por la ausencia de estremecimientos en su piel cuando el viento se colaba por las rendijas de madera de la cabaña y el ardor que brillaba en sus ojos e incluso en sus labios. Las sandalias volaron por el aire cayendo de cualquier manera en un rincón, puesto que el orden no era máxima de Sarga, y la muchacha volvió a mirar a Keanor sin perder la curiosidad en sus ojos azules. - Puedes dormir en mi lecho - dijo señalando con cierta guasa el más que modesto jergón que había contra una pared sobre el que descansaban unas sábanas de algodón algo arrugadas, riendo mientras se desperezaba sobre las pieles colocando las palmas de sus manos bajo su mejilla como una niña que se acomoda antes de conciliar el sueño - Yo me quedaré aquí - le dedicó una mirada traviesa; Sarga se divertía con aquella situación y a pesar de que había visto el potencial de su improvisado invitado no tenía miedo de convertirse en una víctima más... a menos que alguien le hubiese pagado por su cabeza, algo que era altamente improbable.

- Mañana puedo acompañarte a Puerto Blanco para que busques un barco que vaya hacia Antigua - se ofreció sin variar su postura acomodada sobre las pieles, parpadeando con una fingida somnolencia como si quisiera que Keanor creyera que estaba a punto de caer dormida cuando realmente no le quitaba ojo de encima. Se mostraba tan pétreo e impenetrable que Sarga se veía tentada a ir en busca de algún resquicio por el que colarse y descubrir realmente qué había tras aquella máscara con la que el asesino parecía protegerse. - Es fácil colarse en la bodega de alguno de ellos y si te descubren... seguro que sabes cómo defenderte... - entonces reparó en algo y levantó la cabeza de las pieles, mostrando sus mejillas ruborizadas por el contacto con las mismas, descartado el pudor como causa de aquel sonrojo ya que no era algo que conociera la isleña. - ¿No llevas armas? - los ojos de Sarga recorrieron con descaro el cuerpo del asesino, buscando algún indicio de un filo escondido bajo sus ropas, contemplando con indiferencia las manchas de sangre que aún teñían sus nudillos y que tampoco parecían inquietar a Keanor. - Creo que he hecho bien llamándote Acero... es de lo que pareces estar hecho realmente -. Buscando su complicidad, alargó una pierna hasta que su pie descalzo encontró la bota negra que llevaba el asesino, rozando el tobillo que se adivinaba bajo el cuero endurecido mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa maliciosa. - Seguro que te lo han dicho más veces... a lo mejor esa zorra viciosa del Dominio... o su llorosa madre -. El juguetón pie desnudo de Sarga alcanzó la pantorilla de Keanor, acariciando sus dedos desnudos el pantalón con aire perezoso y en cierto modo sensual mientras su poseedora volvía a posar la mejilla sobre las pieles, con los ojos fijos en el asesino. Tal parecía una gata holgazana a la que aún quedaban ganas de retozar y cuyas ansias de travesuras no permitían conciliar el sueño, especialmente teniendo delante alguien con quien poder jugar sin nadie que les molestara pues, ¿quién se acercaría a esas horas de la madrugada a la casi derruida cabaña de la hija del desgraciado Harek? Tan sólo alguien que quisiera meterla en caliente sin pagar las tarifas que exigían las putas de Puerto Blanco, y aún no existía hombre en Pyke que hubiese conseguido yacer con Sarga sin que ésta obtuviera algo a cambio aun sin ser consciente el interesado. - ¿No hay nada sórdido en tu historia? - preguntó casi en un susurro, queriendo incitarle a que le contase algo más, dispuesta a cobrarse el alojamiento que le estaba ofreciendo al mercenario por el módico precio de una noche diferente a todas.
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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Keanor el Lun 25 Feb 2013, 08:09

De algún modo a Keanor le causo mucha gracia la forma en que ella resumía el motivo por el cual le habían mandado a matar a ese pirata, no era sólo la forma en que ella lo decía puesto que la realidad era esa, el estúpido argumento que a él le habían dado para matar a ese hombre era tan simple como que un pirata les robo y en ese mismo robo abuso de la inocencia de su hija… Un estúpido argumento en cierto, probablemente algunos dirían que ese no es motivo por el cual una persona debería morir, si se castigado, pero no morir… ¿Pero quién era Keanor para juzgar a una persona? Nadie, en todos los aspectos Keanor no era nadie y mucho menos era uno de esos supuestos dioses a los que adoraba la gente él no decidía quien debía vivir o quien debía morir, simplemente decidía si el oro que se le ofrecía era suficiente o no para que él matara a esa persona -Ciertamente no era una doncella, sin embargo es una chiquilla hermosa que seguro alguno de los estúpidos caballeros de poniente no dudará en cogerla como su esposa y la lucirá igual que su espada que nunca ha conocido sangre, es algo que parece estilarse en las nobles cortes del Dominio… obviando claro, que probablemente la única sangre que verá en la noche de bodas será la de los labios de su nueva esposa cuando la abofetee al descubrir que la virtud de la misma no es tal- Otro detalles sobre la noche en que descubrió la poca inocencia de la chica no eran necesarios, mas en la mente de Keanor aun le divertía el momento en que la muchacha había aparecido en su habitación con un simple camisón vaporoso… aludiendo que quería recompensar al campeón que protegería su honra -De todas formas poco me importa el motivo, de hecho si fuera por mí, preferiría ni siquiera saber si le ha metido los dedos a la hija a la esposa o se los metió al mismo señor de la casa… no es mi deber juzgar a nadie sólo ejecutar la sentencia. Pero si quieres saber, a mi no me parece una mala inversión, aquella chica probablemente ha probado ya muchos hombres y al menos ya tienen una escusa para que no sangre la noche de bodas… yo estoy matando probablemente a uno que les podría extorsionar en el futuro con la verdad… pero como ya dije, si lo matan por meter los dedos en el coño de la niña, como has dicho tu, o lo matan por conveniencia, como podría ser… a mi poco me importa, lo único que me importa es que cuando lleve esa porquería a su hogar, mis 100 monedas de oro estén listas-. Ciertamente los motivos que le daban eran mucho más extensos que la misma historia en si, pero el mismo no tenía otra forma de resumir las cosas para ella porque tal cual le había dicho, no había pedido mayores explicaciones mas las conjeturas que le relataba si habían saludo de los días de aburrimiento en alta mar.

En un ambiente relajado por primera vez noto del todo el atractivo de la mujer, atractivo que quedo aún más al descubierto cuando la chica no dudo en tumbarse mirando el techo dejando aún más expuestas las curvas de su cuerpo, sin lugar a dudas durante el camino no había estado fanfarroneando cuando se encontraron con los piratas y les aseguro que ya desearían ellos estar en el lugar del asesino… de seguro muchos de los piratas de aquel deseaban estar en su lugar incluso en esos momentos disfrutando de la escena que ella ofrecía “inconscientemente”. -¿Tanto oro?- preguntó en tono bajo mientras pensaba si en realidad era mucho oro el que había cobrado, a los ojos de Keanor era el valor justo por una muerte segura de quien le había hecho daño, es más por la muerte de aquel hombre había cobrado lo mínimo que sólo solicitar por aquella clase de trabajos, es más, lo había hecho porque matar a los piratas no solía ser tan difícil como otras empresas… y eso era por un simple motivo, los piratas solían tener orgullo, quizás no honor pero si mucho orgullo y odiaban ser presas y no cazadores así que sus impulsos los solían llevar a exponerse ellos mismos lo que hacía que a final de cuenta solo necesitara tener fuerza y habilidad -De seguro podría, si- le dijo formando por primera vez desde que estaba en las islas una sonrisa en sus labios, por lo general sus sonrisas eran algo amargas pero sonrisa a final de cuentas y es que los comentarios de la joven le hacían mucha gracia, en especialidad con la facilidad con la que hablaba de violar o matar a una chiquilla -De alguna forma si, se trata de principios, yo no soy uno de esos hombres en la taberna, no digo que sea mejor o peor de los que ellos lo son, pero no soy como ellos, simplemente hago aquello por lo que me han pagado ¿No te parece suficiente 100 dragones por matar a Ghoko, como para no tener que pedir más? – le preguntó aún divertido entablando lo que parecía ser una conversación y no un simple interrogatorio en el que cada uno cumple su parte del trato -De todos modos, si no tienen el dinero prometido, ni el coño de su hija ni el culo de su esposa, serán suficientes para pagarme- ilusos siempre habían existido, Keanor ya se había encontrado con algunos de esos y su destino había sido el mismo que aquellos a los que habían enviado a matar y de una forma mucho peor, puesto que si bien Keanor no era un fanático de la tortura… no dudaba en utilizarla cuando era necesario.

¿Casualidad? Hasta ese momento Sarga le había demostrado no hacer nada por casualidad, sus movimiento si bien a ratos eran confusos siempre parecían tener una finalidad, por lo mismo Keanor no dudo un momento en aceptar al menos la vista que ella le ofrecía cuando dejo expuestos sus muslos, fácil abría sido tomarla en ese momento, pero prefirió contenerse al menos por ahora… aunque tampoco sabía muy bien cuanto podría continuar permitiéndole no ser la presa de los deseos del asesino si seguía actuando de ese modo, y es que 10 días en el mar sólo con marineros solían hacer mella en Keanor… en especial cuando su última mujer había sido una chiquilla a la que le gustaba jugar a la inexperta -No es necesario, puedes dormir en tu lecho, esta lugar por mi está bien… he estado en lugares menos cómodos- hace años que no, desde que había comenzado a asesinar por su propia cuenta la vida de Keanor había estado más cercana al lujo que a la miseria, pero la ausencia de esta misma no había hecho que Keanor olvidara la miseria en que había crecido, recordaba muy bien el frío del norte que le calaba los huesos por las noches haciéndole incluso desear dormirse eternamente cubierto de nieve… si podía dormir en ese lugar, el problema ahora es que la traviesas miradas que ella dedicaba y sus gestos hacían que lo que deseara fuera la compañía de ella aquella noche.
Después de la oferta se hizo un incomodo silencio por unos minutos, un silencio que permitió fuera aún más audible el sonido del mar y el viento azotando sin piedad las débiles paredes de la cabaña haciendo que Keanor se preguntara como dormiría aquella chica en “las tierras verdes”, antes había dicho que nunca las había conocido, sin embargo ahora se preguntaba cómo podría ser la vida de ella… también era hermosa seguro sería la fierecilla que era un premio de alguien, pero en las noches de Antigua que eran mucho más cálidas que las de las islas cercanas al norte… o como podría dormir ella en el total silencio que invadía a algunas zonas del dominio durante la noche, sin vientos azotando las paredes… muchas dudas que no pudo resolver en su mente puesto que ella le recordó su viaje el próximo día -Agradezco tu ayuda y será la última vez que te lo diga, no te conviene que seas vista conmigo… además no necesito colarme, puedo pagar por el viaje, sólo robo o mato si alguien me paga por hacerlo, de lo contrarió simplemente dejo que la gente se gane la vida como mejor le parezca- le respondió en tono calmado, ya no frío puesto que de alguna forma comenzaba a valorar las buenas intenciones de la chica que deseaba ayudar más de lo que debería. Pero no logro profundizar más en el tema puesto que de pronto y frente a su sorpresa tenía a la chica analizándole de forma descarada en busca de armas, en realidad no portaba armas en aquella ocasión, había preferido no hacerlo en el barco para no llamar la atención, además así solía hacerlo, rara vez portaba armas las que necesitaba las solía comprar en el momento en que fueran necesarias -Como te dije, la mujer era una de esas que le gusta guardar las apariencias y la chiquilla me llamó de muchas formas, pero no acero, creo que aquello es algo en lo que eres la primera- Acero, curioso nombre le había puesto y aunque en realidad poco le importaba la forma en que lo llamaran (ya que lo frecuente eran insultos), no podía dejar escapar el tono sugerente en que ella solía llamarlo, sin quererlo o con plena intención la chica comenzaba a jugar con fuego, y se lo hizo saber cuándo sin miramiento alguno la dejo jugar con sus pies en sus botas mientras él dirigió sus manos a las piernas de la hija del hierro y comenzó a acariciarlas de forma ascendente haciendo que pronto sus manos se introdujeran sin tapujo alguno entre su vestido, pero de alguna forma entendía ya que ella estaba jugando y él también podía hacer aquello e intentar obligarla a buscar lo que quería y no sólo a permanecer entre las pieles.

Al escuchar la pregunta que ella le hacía simplemente le sonrió y se puso de pie frente a ella -¿Sórdido?- Le preguntó mientras se quitaba la delgada camisa que llevaba dejando expuesto su torso repleto de heridas y en el cual ya comenzaba a tomar el clásico color morado el hematoma que le había provocado el pirata que hacía unas horas había matado -Las historias no suelen ser tan sórdidas como las describe la gente, al menos yo no las cuento de esa forma, lo que tu viste fue el asesinato de un hombre no hay más que eso… pero si quieres te la puedo contar como tantos otros que podrían querer impresionarte… podría decirte que era un hombre fuerte que peleo con valor por su vida y no te estaría mintiendo, era un hombre fuerte…- alzó uno de sus brazos para dejar más expuesta la zona de las costillas que se notaban marcadas por los golpes que le había provocado el pirata mientras se defendía -…Creo que con sus golpes podría haber dejado inconsciente a cualquier de esos piratas que le buscaban más tarde, así que podría narrarte una historia de una pelea épica… igual que las que cuentan la gente de poniente sobre la pelea entre Robert Baratheon y Rhaegar Targaryen… incluso te podría contar como los ojos de ese hombre me suplicaban piedad… pero no fue nada de eso, sólo fue una muerte más como tantas otras, una vida más sesgada entre las tantas que he quitado, por respeto a tus tierras me gustaría decirte que fue especial, pero no, sólo fue un pirata borracho más…- Keanor se agacho hasta quedar una vez más a su altura, pero esta vez su rostro quedo a sólo unos centímetros de los de ella -¿No es lo suficientemente Sórdida? Lo siento, pero las muertes suelen ser así, al menos las ocasionadas por mi y no suelo exagerarlas… no soy lo que cuento de mi, soy lo que hago-

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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Sarga Pyke el Mar 26 Feb 2013, 05:37

Las cálidas manos de Keanor se habían colado bajo el vestido andrajoso que cubría las torneadas curvas de Sarga sin que ésta pareciera especialmente afectada por ello. Ni un suspiro, ni un gesto de disgusto fingido o de sorpresa, tan sólo la naturalidad que la joven llevaba por bandera que le hizo sonreír con cierta fiereza. Tumbada sobre las pieles, contemplaba al extranjero tras insistir éste una vez más en que no debía ser vista con él por las conclusiones a las que hubieran podido llegar los hombres de la taberna a la mañana siguiente, ya libres de los efluvios del vino consumido. Sarga, mucho menos curtida que él en intrigas y planes ocultos, no alcanzaba a comprender la necesidad de tanta precaución así que tan sólo acertó a encogerse de hombros mientras los dedos del asesino ascendían hasta apostarse en sus muslos descubiertos. - Estoy demasiado cómoda aquí - replicó como respuesta a la negativa de Keanor a usurpar su desvencijado lecho aquella noche tan ventosa, desperezándose de nuevo y usando uno de sus pies descalzos para acariciar el fibroso brazo del mercenario - No tengo ganas de levantarme para ir al jergón - dictaminó, mostrando que la pereza era uno de sus atributos y que no sentía la más mínima culpabilidad por ello, a pesar de que era este defecto suyo el que le hacía idear mil y una cosas para ganarse la vida sin esfuerzo en vez de plantearse el trabajar duro para su supervivencia. Sus ojos se tiñeron una vez más de curiosidad cuando Keanor sonrió ante su petición de detalles escabrosos en la historia que le había llevado a Pyke desde El Dominio. A pesar de que cuando el asesino se puso en pie cesaron las caricias que estaba regalando a sus piernas desnudas, Sarga permaneció atenta a sus palabras tras despojarse Keanor de la liviana camisa con la que se cubría. Aquel torso cosido por varias heridas cuyas cicatrices de variados colores y tamaños se erguían en testigos de variadas peleas y escaramuzas parecía narrar más historias de las que escapaban de los labios del asesino, así que Sarga se incorporó apoyándose en sus antebrazos, contemplándole con sumo interés. Cuando Keanor levantó un brazo exponiendo a la vista de la joven el lugar en el que había recibido un buen golpe de Ghoko, ésta enarcó las cejas genuinamente sorprendida. De alguna manera, había supuesto que el asesino había salido indemne de aquel encargo: a juzgar por el cerco amoratarado que invadía casi la mitad de su torno, no había sido así y la isleña supuso que su carne magullada estaría produciéndole dolor, a pesar de que su rostro de hielo no mostrase ningún tipo de sensación. - Robert Baratheon y Rhaegar Targaryen... - repitió Sarga con indiferencia, aquellos nombres le sonaban como algo tan lejano que no entendía por qué la gente continuaba repitiendo las supuestas hazañas de aquellos dos reyes desequilibrados, ¿no había sido asesinado uno de ellos por un Lannister? La historia había podido cambiar tanto desde aquellos hechos que a la joven pelirroja no le interesaba demasiado escuchar batallas de reyes antiguos. Sí que conocía al dedillo los detalles de la rebelión de Balon Greyjoy porque su padre no dejaba de relatarla cada dos por tres, especialmente en estado de ebriedad. Para el patético Harek, Balon Greyjoy era un ejemplo a seguir incluso trescientos años después. - ¿No te miró con piedad? - inquirió la joven con una sonrisa de orgullo al escuchar aquel detalle de labios del asesino - De haberlo hecho su muerte no habría podido ser más merecida... Un Hombre del Hierro no suplica piedad - apostilló transformando el orgullo en arrogancia.

Keanor adoptó una postura acuclillada enfrente de la joven tendida en aquel amalgama de pieles que estaban siendo tratadas con tanta indiferencia a pesar del valor que tenían algunas de ellas. El desconocimiento de Sarga acerca de muchos de los objetos que atesoraba en su casi derruido hogar hacía que ésta viviera por debajo de sus posibilidades, pues cuanto menos habría podido costearse una pequeña casa en Puerto Blanco o simplemente reparar y acondicionar la cabaña sucia, oscura y desvencijada. La isleña sostuvo la mirada del asesino cuando éste se aproximó a ella, manteniendo en su rostro aquella sonrisa suya tan característica que bailaba entre los límites de la socarronería y una férrea seguridad en sí misma. Elevó una de sus manos para dibujar con su dedo índice el contorno de una cicatriz que atravesaba su clavícula, naciendo en la curva de su cuello y muriendo justo al borde del pectoral; para la pelirroja, las cicatrices, los golpes, incluso las mutilaciones eran señales de la valía de su poseedor. - Tus heridas parecen querer narrar todo lo que tú te empeñas en ocultar... - replicó enarcando las cejas, percibiendo su olor a cuero y a sangre por encima del salitre que parecía flotar en el aire - No sé si es un exceso de modestia o quizá no soy digna de escuchar todo lo que tienes por contar - ladeó el rostro para mirarle de soslayo con una fingida mirada ofendida en la que no pudo disimular un brillo travieso - Lamento no tener un barril de vino de El Rejo que seguramente te ofrecerían los que te han pagado por la cabeza de Ghoko... - tras una pausa, dejó escapar una alegre carcajada - No, en realidad no lo lamento, no soy ninguna dama que reciba tantas visitas ilustres como para tener que almacenar viandas que ofrecer... y tú tampoco eres un caballero al que deba recibirse con tartaletas de limón y vino de ciruelas -. Sus ojos se iluminaron con sus osadas palabras, sabiendo que su interlocutor no se sentiría ofendido por ello, ya que parecía muy consciente de cuál era su posición en el mundo. - ¿Acaso no valoras tu trabajo? - le preguntó, esta vez sin malicia ni segundas intenciones, haciendo que su dedo índice abandonara la cicatriz de la clavícula para dirigirse hacia el sur, encontrando una herida mal curada en el centro de su torso. Acariciándola, pudo sentir en la yema de su dedo la rugosidad de la carne sesgada por una hoja blandida a todas luces por una mano torpe. Sarga se preguntó cuál habría sido el final de cada autor de las heridas y cicatrices que surcaban el cuerpo del asesino. Los ojos azules de la isleña parecían examinar aquella herida hasta que tras un parpadeo, volvieron a enfrentarse a la gelidez de la mirada de Keanor. - No me has dicho en qué vas a gastar ese oro - le increpó con un matiz de reproche que logró hacer sonar encantador al acompañarlo de un coqueto pestañeo - ¿Putas de Dorne? ¿De Lys? Dicen que son las mejores, o al menos eso se escucha en el puerto... ¿Cuántas putas se pueden pagar con cien dragones de oro? - Sarga imprimió a su cuestión tal toque de osadía que era difícil dilucidar si su duda era sincera o si por el contrario todo formaba parte de una velada burla hacia su invitado. En realidad ni la propia isleña sabía en qué gastaría semejante suma de dinero, aunque suponía que se haría construir una casa de dos plantas en Puerto Blanco y quizá también adquiriría un barcoluengo con dos o tres hombres a sueldo que salieran cada mañana a faenar por ella. Sin embargo, pronto Sarga decidió dejar de gastar un dinero que nunca tendría en sus manos y con cierto sadismo, presionó su dedo sobre la herida del torso de Keanor para comprobar si éste hacía alguna mueca de dolor.

- Cuéntame entonces las cosas que haces - le pidió acortando aún más la distancia que los separaba, haciendo que su aliento acariciara la boca de Keanor; el calor que desprendían sus cuerpos era la única fuente de calidez que había dentro de la cabaña azotada por el húmedo viento que llegaba desde el este. La mano de Sarga volvió a ascender por el torso mancillado de Keanor hasta apostarse en su nuca, tamborileando allí los dedos con aire juguetón. - ¿Por qué no te tiendes aquí conmigo? - preguntó deslizando su cuerpo sobre las pieles y ofreciéndole un pedazo de las mismas; ciertamente el espacio a compartir era tan reducido como si hubieran decidido usar el jergón abandonado aquella noche, pero no había mucho más que la isleña pudiera ofrecer. Tan sólo la inmensa playa del exterior podría haber sido más cómoda pero el otoño había intensificado el frío y la humedad de aquel reino y Sarga no creía conveniente abusar en demasía de la fortaleza de su salud exponiéndose a una hipotermia. Aún así y a pesar de las bajas temperaturas, la bribona mantenía sus piernas al descubierto y el asesino se había despojado de su camisa, quizá ambos hechos de pasta muy parecida y acostumbrados sus cuerpos a la más cruda supervivencia. - No hace falta que trates de impresionarme, sólo quiero saber qué cosas ha visto un asesino que se gana la vida haciéndose cómplice de la Muerte... Nunca he conocido a ninguno - añadió con claras intenciones de henchir el ego de Keanor mientras sus dedos se introducían entre los cortos cabellos del extranjero, con una paciente suavidad que contrastaba directamente con el ambiente gris y frío de la cabaña engullida por el viento y una leve llovizna que comenzaba a caer desde las oscuras nubes que habían ocultado paulatinamente las estrellas que habían alumbrado aquella noche. Sarga se aproximó al extranjero aún más, hasta que sus labios se posaron sobre los de él con la misma delicadeza que un pétalo de flor caía sobre la hierba. Su boca era dura y varonil así que la pelirroja se solazó ejerciendo presión para sentir cómo cedía bajo sus labios suaves sin perder el cómodo asentamiento que su mano había encontrado en su nuca. No cerró los ojos en ningún momento, eliminando así un componente que pudiera interpretarse como excesivamente sentido, así que pudo fijar su atención en las pupilas aceradas de su invitado, quien también parecía haber rechazado esa opción. Cuando Sarga abandonó la boca del asesino tras unos instantes de silencio en los que ambos parecieron contener la respiración, recuperó la sonrisa complacida que solía exhibir cuando alguno de sus propósitos se cumplía. - ¿No vas a satisfacer mi... curiosidad, Acero?
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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Keanor el Lun 11 Mar 2013, 14:25

Sintió las manos de Sarga acariciando su torso mas no se inmuto, de hecho las manos de la mujer ni siquiera se encontraban tan frías como lo abría imaginado en una primera instancia, por lo demás el descaro que ella presentaba y curiosidad que no parecía disminuir en ella hacían de aquella noche una noche prometedora ya fuera por un asunto o por otro. La isleña parecía analizar sus cicatrices al igual que lo hacía con cada una de las palabras que Keanor le dedicaba, sin embargo había permanecido en silencio hasta volverla a escuchar hablar sobre lo que haría aquella suma, si bien Keanor no era uno de esos señores de poniente con dinero de sobra se había acostumbrado a vivir con cierta comodidad para su forma de vida así que le sorprendería la curiosidad, pero a la vez sabía que era una suma importante. -Un hombre vive de algo más que de putas, debo comer y lugares donde dormir, a diferencia de ti que eres afortunada en tener un lugar donde dormir, yo nada poseo, el único lugar que me pertenece es aquel que puedo pagar y durante el tiempo que puedo pagar… Pero sin duda si, una parte del dinero estará destinado a putas, de Lys, de Dorne, del norte, de occidente, incluso de las islas- Le dijo en un tono pausado que le diera a entender que no estaba gastándole una broma o que intentara provocarla de mala manera con aquello de las islas, pero la verdad era que las mujeres de Lys estaban muy bien cotizadas en poniente, pero también lo eran las de latitudes lejanas al punto en el que se encontraba el burdel en cuestión, muchas veces aquellos burdeles se repletaban de hombres que gastaban hasta su ultima miserable moneda de cobre por el sexo de una mujer y preferían follar con mujeres de zonas que ellos mismos nunca podrían visitar… entre esas mujeres solían estar las mujeres del hierro, pretendidas en la búsqueda de dominar a una pequeña fiera salvaje. -Depende de la puta o lo que quieras follar, con 100 dragones según mis cálculos podrías tener una puta todas las noches por todo un año…- mientras le conversaba con naturalidad una de las manos de Keanor comenzó a recorrer el brazo que ella extendía para tocar sus heridas hasta llegar a sus hombres y poder acariciar así que cuello de la pelirroja -Pero las hay más costosas, si el burdel resulta estar ser una mujer, follarte a la señora puede costar 5 dragones… o depende de a quien quieras follar, las hijas de las casas menores suelen ser más curiosas, no tienen una septa que les enseña a cerrar las piernas hasta que un caballero decida abrírselas… un costosos regalo, de un costo de 15 o 20 dragones, más algunas lindas palabras y unas cuentas promesas, pueden hacer que la joven doncella que por la mañana reza a sus dioses y durante la tarde se dedica al bordado y el paseo por los jardines… por la noche no tenga problemas de pasar la noche gimiendo mientras la posees como a cualquier otra puta- Al terminar de hablar sintió como ella presionaba una de sus heridas, precisamente la primera que había sufrido en su vida, le hizo gracia que Sarga con cierto sadismo intentara ver si aún le dolía puesto que él recordaba bien que durante muchos meses él había hecho lo mismo una y otra vez rogando al cielo que ya dejara de doler pues no se sentía orgulloso de portar aquella herida, con el paso del tiempo aquella cicatriz sería siempre la más torpe de sus acciones y sin duda que había pagado por el error que había cometido, su piel nunca se había vuelto a fortalecer en ese punto, la vara de hierro que Skarto había usado para quemar y sellar la herida se había encargado de deformar por primera vez el torso del por aquel entonces niño… Pero ya no dolía, había dejado de doler después de meses y aunque el recuerdo del dolor sentido lo persiguió por años, ahora ya no dolía y podía estar tranquilo cuando alguien como Sarga le tocaba.

En la medida que la conversación seguía su curso ella seguía plantándose como una anfitriona dominadora de la situación, si bien ella ya conocía las habilidades y las posibilidades de Keanor no mostraba el más mínimo de los temores, por el contrario en cada una de las acciones parecía tratar de tentarlo al punto en que Keanor ya comenzaba a abandonar cualquier intención de no propasarse con la mujer que tenía en frente, pero incluso ella era capaz de matizar sus insinuaciones con la búsqueda de una conversación que a Keanor se le hacía más inútil con cada minuto que pasaba. Por unos minutos se volvió a hacer un profundo silencio entre ambos, un silencio que permitía escuchar como el mar y los vientos que de él provenían era una vez más el único posible testigo de lo que entre ambos estaba ocurriendo. Ella había dicho antes que no lamentaba no tener vino para amenizar aquella noche y si que tenía razón, ella no parecía necesitar vino para buscar valor e intentar conseguir lo que deseaba… y él sin ninguna a duda no lo necesitaba -¿Impresionarte?- preguntó pero no logró extender más su comentario puesto que como toda la noche, ella demostró ser la dueña de su destino y no tener tapujos a la hora de satisfacer sus deseos al besarlo, sus besos labios eran suaves y el beso también lo era sin embargo no era uno beso de esos dulces llenos de sentimiento ella restaba todo aquello manteniendo sus ojos abiertos acto que Keanor pudo notar al hacerlo lo mismo que ella pero no dudo un segundo en responder al beso, incluso intensificarlo de su parte dando un ligera mordida al labio inferior de Sarga antes que ella se volviera a alejar, pero no la dejo ir más que unos cuantos centímetros ya que antes de que ella volviera a interrogarle, él hombre de poniente se volvió a acercar a ella para besarla y aceptando la invitación antes realizada se acerco más a ella obligándola a recostar su espalda sobre las pieles y separar sus piernas aun desnudas para posicionarse él entre ellas.

Para ese momento Keanor había olvidado completamente la cabeza que representaba 100 dragones, ahora la cabeza se encontraba pudriéndose lejos de sus manos que ahora se encontraban en zonas más cálidas y gratas como eran los muslos de Sarga -¿De verdad quieres que te siga contando?- le preguntó aún entre sus piernas pero generando suficiente distancia entre ambos para poder mirarla a los ojos, Keanor que desde el comienzo había estado hablando sólo lo necesario de pronto ya sentía mucho más ánimos de averiguar él un poco más de aquella mujer, aunque aquello no tuviera precisamente que ver con lo que podía salir de su boca -No hay nada llamativo en las muertes… las muertes son sólo eso, lo curiosos son los motivos por los cuales la gente quiere matar a otros ¿Nunca te has preguntado si alguien desea matarte? ¿Cuánto estaría dispuesto a pagar una persona por verte muerta? Porque es ahí donde radica lo curioso en lo que hago… soy la esperanza de aquellos que no han podido terminar con sus problemas, asesino donde otros han fracasado, robo las cosas en las que otros han perdido la vida intentando robar…- le dijo acomodanse aún más entre sus piernas para que ambas entrepiernas quedaran a la misma altura mientras él no dudaba en dirigir sus manos una vez más a su cuello para continuar hablándole como si le fuera a dar una oportunidad de arrepentirse, aunque nada más lejos de la realidad puesto que aunque ella no lo supiera no quedaba mucho margen para ella -Si tengo que matar a un niño porque es un bastardo y la señora de la casa no puede verlo, pues lo mato. Si tengo que matar a una esposa porque el señor de la casa desea follarse a su hija, la mato. Si tengo que matar a un general para terminar un batalla, pues lo mato y si tengo que matar a alguien para que una guerra comience, también lo mato. Los motivos por los cuales mato a alguien pertenecen a su dueño así como la culpa de quien me contrata, yo sólo soy un arma, a eso me dedico…- Dicho esto último no espero mucho más antes de que la mano que jugaba con su cuello se dirigiera hasta su hombre para descubrirlo antes de que la boca del asesino fuera a parar al lugar que antes visitaron sus manos.

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Re: El extranjero [Keanor]

Mensaje por Sarga Pyke el Mar 12 Mar 2013, 09:58

La respuesta que la bastarda esperaba por parte del extranjero llegó en forma de actos, pues tras atrapar con sus dientes la boca de la pelirroja, se apresuró a acortar de nuevo la distancia entre ellos, buscando sus labios en la tenue penumbra que dominaba el interior de aquella choza de la playa para besarla por segunda vez, esta vez tomando una iniciativa que hasta ese momento había estado en poder de Sarga.La joven, esbozando una sonrisa lasciva y entreabriendo los húmedos labios, aceptó de nuevo la boca del sicario sobre la suya, obedeciendo al suave pero firme empuje que éste ejerció sobre ella al aproximarse al improvisado lecho de pieles que había en aquel rincón de la casa. Pronto el cuerpo de la bastarda descansaba sobre las mullidas pieles pardas y grises con la misma languidez como si se tratara de un jergón de plumas de oca, acogiendo entre sus piernas desnudas el fibroso cuerpo del mercenario cubierto de cuero endurecido. No dudó en dejar caer su peso sobre la libidinosa pelirroja que sonreía entre divertida y expectante, con aquellos ojos azules suyos brillando con la misma despreocupación y alegría que hubiera mostrado de encontrarse en el interior de una de las más lujosas alcobas de la Fortaleza Roja y no en aquella cochambrosa casita azotada por el viento y la lluvia que habían tomado posesión aquella noche de la isla de Pyke. Aquel carácter de la desvergonzada isleña, conformista pero sin embargo anclado en un optimismo de arrolladora energía, hacía que la compañía de la joven supusiera en muchas ocasiones un rayo de luz entre el gris de los cielos de las Islas del Hierro y la negrura de las rocas que conformaban su territorio. Aún así, su actitud solícita pero no por ello sumisa no había logrado aún arrancar una sonrisa en el pétreo rostro del asesino, quien hundía ahora sus dedos en los torneados muslos de Sarga mientras hablaba, rozando su aliento la boca que antes besaba. - Estoy segura de que mucha gente ha querido verme muerta en alguna ocasión - respondió con una fingida resignación, enarcando las cejas mientras sus dedos continuaban jugueteando entre los cabellos de la nuca del mercenario - y yo también he querido ver muertas a muchas personas a lo largo de mi vida... - su mirada se sesgó con deliciosa malicia mientras su mano libre delineaba el fuerte brazo del extranjero, dibujando el contorno de su bíceps y salvando el escollo de su codo flexionado para alcanzar el antebrazo surcado por algunas turgentes venas azuladas. El sicario orgulloso de serlo se acomodó sobre el curvilíneo cuerpo de Sarga haciendo que su entrepierna cubierta de cuero presionara contra el sexo de la pelirroja, desnudo bajo sus faldas pero oculto en ese instante por la precaria tela de su vestido remendado. Aquel contacto arrancó un suspiro de la boca de la joven, quien aún así permaneció con la mirada fija en los ojos impenetrables de su invitado, luciendo un descaro que parecía no menguar nunca en ella. A pesar de que una de las manos del asesino abandonó el cálido refugio de sus muslos para rodear su cuello en un gesto que podía resultar amenazante, Sarga siguió hablando, acomodando aún más su cabeza sobre las pieles y haciendo que éstas se confundieran entre sus cabellos rojizos, la única nota de color en aquella penumbra matizada de negro en cada rincón exento de la escasa luz de las estrellas proveniente del exterior. - Yo siempre me he ocupado de mis problemas... - sus palabras murieron cuando los dedos del extranjero volvieron a deslizarse suavemente por su piel blanca, dibujando un camino invisible desde la curva de su cuello hasta la redondez de su hombro, ahora descubierto al ser retirada la tela que lo cubría.

La suavidad del beso que imprimió entonces en aquella porción de carne recién descubierta contrastó con la violencia ejercida bajo el apestoso muelle que había servido como escenario de la muerte de Ghoko. Los muertos y vidriosos ojos del pirata decapitado quizá podían atravesar la tela de la bolsa en la que descansaba la pútrida cabeza y estaban en aquel momento observando los cuerpos enredados sobre las cálidas pieles. Tal fue el fugaz pensamiento de la isleña en aquel instante y lejos de causarle repugnancia, le pareció realmente divertida la posibilidad de que más allá de la muerte, Ghoko siguiera rabiando por no haber podido poseer a la esquiva zorra pelirroja. Sarga separó los muslos permitiendo un mayor acomodo del extranjero sobre ella y continuó hablando mientras sus ojos se perdían en el techo de la única habitación que tenía la casa, cubierto de delicadas telas de araña acumuladas y perfeccionadas con el paso del tiempo. - No puedo pagar a tipos como tú para que solucionen mis conflictos - dijo mientras su piel se erizaba bajo los labios del mercenario - Por eso maté yo misma a mi padre - añadió en un susurro que se quebró con una suave risa divertida, poco acorde con la confesión que acababa de depositar en el oído del asesino - Aunque no mentiré ni me adjudicaré hazañas que no son completamente mías... en realidad tan sólo le acompañé a la orilla para que se despejara de su borrachera... el resto fueron los designios del Dios Ahogado... lo que está muerto, no puede morir - apostilló con una súbita solemnidad al recitar el tema de la casa Greyjoy y por ende, el de todos los habitantes de las Islas del Hierro. Los dedos de Sarga aferraron los cortos cabellos castaños del asesino obligándole a levantar la mirada para encontrarse de nuevo con aquellos ojos fríos, duros y oscuros como las piedras que salpicaban la costa de Pyke. - No tengo dinero... ¿qué me pedirías si quisiera contratarte para que mates a alguien que me molesta? ¿O sólo trabajas para pollas de seda y coños de terciopelo? - agregó con la insolencia dibujada en su rostro antes de volver a reír con aire burlón; si su intención era o no provocar al asesino no era fácil de discernir, pero desde luego sus ojos brillantes y también su risa parecían encaminados a conseguir una reacción en el hombre que la aprisionaba bajo su cuerpo y sobre las pieles. Sarga, tan valiente como sólo alguien entregada a la más pura supervivencia podía ser, parecía sentirse segura en una circunstancia como aquella en la que se encontraba totalmente a merced de un hombre capaz de asesinarla a sangre fría aprovechando la distancia que separaba aquella casucha de Puerto Blanco. Como si hubiera olvidado lo que había visto hacer a sus manos no hacía mucho bajo los muelles, entrelazó sus dedos con los de él con ánimo más juguetón que sensible, siempre sin perder su limpia sonrisa en la que aún no faltaba ningún diente a pesar de que había recibido más de un golpe malintencionado en la boca. - Quizá los pobres tenemos que buscarnos la vida por nuestra cuenta, los mercenarios como tú sois un artículo de lujo, ¿no es asÍ? -. Sarga se desperezó bajo el cuerpo del extranjero como una gata que lo tiene todo bajo control, incitadora al deslizarse sus muslos por los costados del hombre que la tenía atrapada contra las pieles del suelo aunque su actitud distaba mucho de ser la propia de una prisionera.

- ¿No querrás comer nada antes de dormir? - preguntó libidinosa, dejando que uno de sus brazos descansara sobre las pieles y por encima de su cabeza mientras el otro encontraba reposo entre los cuerpos de ambos, interponiéndose a modo de molesta frontera entre sus turgentes senos y el torso del asesino cubierto de cuero tachonado. Por unos instantes aquella actitud pareció mostrar cierta turbación o incluso una inusitada timidez ante la absoluta cercanía de sus cuerpos, como si la pelirroja se dispusiera a apartar a aquel hombre de ella dominada por un repentino ataque de pudor. Pero Sarga apenas conocía el significado de aquella palabra, lo cual se evidenció cuando aquel brazo que se interponía entre los dos se deslizó como una furtiva serpiente hasta que sus dedos aferraron la entrepierna del extranjero, caliente y protegida aún por la tela de los pantalones azabaches. Pronto las yemas de sus dedos efectuaron una danza demorada pero firme sobre aquel bulto, dibujando traviesos círculos sobre el pantalón, delineando las formas del miembro presionado por el cuero mientras Sarga levantaba la cabeza de las pieles el espacio justo para atrapar entre sus dientes el mentón del extranjero, arañándose sus labios con la incipiente barba que la cubría al igual que las mejillas. - Puede que a media noche te duela... el estómago - afirmó acompañando sus últimas palabras de una presión algo más intensa de sus dedos en torno al bulto que latía cerca de su sexo - Y quizá yo haya perdido mis ganas de ser una buena anfitriona y no quiera interrumpir mi sueño para saciar tu hambre... y si estás pensando en obligarme a ello... - los dedos ejercieron aún más fuerza, sabiendo la bastarda que en ese momento jugaba con los límites soportables del dolor que un hombre podía soportar en sus testículos; a la pelirroja siempre le había encantado tocar los cojones de los hombres en todas y cada una de sus acepciones - … no te recomiendo que lo intentes -. El tono de su voz se hallaba ahora cargado de arrogancia y una vana presunción, atreviéndose la provocadora pelirroja a desafiar a un asesino que se consideraba a sí mismo un arma para matar y que había demostrado tener una gran pericia en ello. Aquella vertiente del enigmático carácter del mercenario -la única que Sarga conocía- no parecía impresionar a la bastarda más allá que para escuchar los morbosos detalles acerca de lo que suponían esas muertes para su ejecutor, y en la serenidad que había en su rostro en aquel momento se leía la ausencia de preocupación en cuanto a la posibilidad de no ver un nuevo amanecer sobre las negras rocas de Pyke.
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