No puedo dejarte ir...

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No puedo dejarte ir...

Mensaje por Nathan Baratheon el Mar 29 Abr 2014, 06:50

No puedo dejarte ir...
"A veces me pregunto porque sigues aquí..."



La guerra se terminó mas no lo problemas para el nuevo matrimonio Baratheon, los días en Nido del Grifo fueron agradables y significaron una pequeña mejora en la relación del matrimonio gobernante en Tierras de Tormenta aunque aún están lejos de ser un matrimonio que se pueda considerar feliz. En esta noche Brinna se ha marchado complacida luego de un paseo a caballo con su esposo por las villas cercanas, poco a poco se ha ganado el amor del que ahora es su pueblo, por su parte algo parece atormentar a Nathan una vez más y se ha refugiado en el vino de las islas del verano.



Otra vez los mismos rumores que creía haber dejado atrás, cuando las cosas con Brinna mejoran poco a poco vuelven a aparecer los mismos rumores de otras épocas, malditos, malditos todos, nunca logran controlar sus actitudes, sino es la guerra son los rumores pero siempre parecen tener la necesidad de mantener su vista en la casa reinante pero qué saben ellos ¿Cómo podrían comprender ellos lo que se siente el perderlo todo en un momento? No, me niego a embarazar a Brinna, no permitiré que ella termine como terminó Eve, no volveré a enterrar a una esposa... si los dioses recuerdan quien soy deben saber que deseo más que nada un heredero de mi propia sangre, no han sido pocas las veces que me he sonreído a mi mismo mientras pienso en un Baratheon rubio como Brinna, me he dicho muchas veces que ella es joven, que ella aún es fuerte y podría dar a luz a un heredero... pero no, me niego a ponerla en riesgo, sacrificaría el ultimo sueño que me queda en esta vida con tal de no volver a pasar por eso.

Definitivamente beber no me hace bien, nunca he sido un gran bebedor es probable que incluso Valeria tenga más resistencia que yo a la hora de beber y lo que es peor, ni siquiera funciona, quería beber y olvidarme de todo al menos por una noche, pero no funciona, al contrario, todo parece peor y aquí estoy ahora caminando hacia la habitación de Brinna, no, ni siquiera estoy borracho pero supongo que quiero usarlo como escusa para visitarla una vez más y supongo que además es el Alcohol el que me da el valor del que he carecido todo este tiempo... si muy curioso, yo, Nathan Baratheon, el hombre que tomó el Garfio de Massey y que se levanto contra los reyes Targaryen ve temblar su valor frente a una visita a su joven esposa que además no hace más que sonreírle y mostrarse agradada cada vez que comparten un lugar. Uf, que delicioso aroma tan solo abriendo la puerta, la habitación parece completamente perfumada por lavanda, conozco bien este olor, es el mismo que siempre tiene ella en su cuerpo... Ella, es cierto, ahí está ella tirada sobre la cama, duerme tranquila y eso es grato de ver pues la seguridad en bastión de tormentas a llegado a ese punto, mi esposa pueda dormir tranquila pues sabes bien que nuestros hombres la cuidaran de todo mal aunque ese mal no incluye a Nathan Baratheon, pero ahí está, sus cabellos dorados se esparcen por la cama con naturalidad y su piel blanca se funde con las sabanas y el delicado camisón con el que duerme... Brinna es hermosa, es alegre y su piel suele estar cálida a pesar de que el viento golpee nuestra fortaleza, ella es tan diferente.

Llevó unos minutos de pie junto a la cama, seguramente parezco un idiota observándola pero no puedo dejar de contemplar su cuerpo sobre la cama... por los dioses, si esa niña supiera cuanto la deseo también comprendería lo que siento por ella pues teniendo la posibilidad de tenerla siempre que deseara contenerme por temor a perderla es un calvario. Finalmente me acerco a ella y me siento a su lado mientras tomo las mantas y vuelvo a cubrir sus muslos que se encontraban descubiertos por un aparente mal sueño, pero ahora está tranquila, no lo niego, mis intenciones eran otras pero de sólo verla parece que el valor se vuelve a esfumar... no puedo arriesgarme a perderla... sus mejillas están coloradas, es divertido como sus mejillas siempre parecen estar sonrojadas y no lo niego más de una vez he alabado su belleza o incluso hecho algún comentario atrevido sólo para ver como sonríe mientras sus mejillas toman ese atractivo tono rojizo. Intento respirar lo más lento posible pero un impulso termina ganándome y llevo dos de mis ásperos dedos a su mejilla para acariciarlas , mi corazón parece dar un vuelco cuando ella se mueve en la cama y con una suave sonrisa suelta un "Nathan", temo que la he despertado pero me calma un poco ver como sonríe, si es muy diferente, mi nombre es pronunciado con el tono más cálido y es acompañado de una sonrisa. "Quédate aquí" vuelve a decir mientras se revuelve entre las sabanas, me comienzo a resignar que la he despertado pero finalmente en un ligero movimiento vuelve a sonreír y abraza una de las almohadas, ella está dormida y no puedo negar que de alguna forma alegra mi corazón saber que sueña gratamente conmigo. La dejare dormir, le debo eso y muchas cosas más así que me pongo de pie y me siento una mecedora que esta junto la cama de Brinna... la conozco bien, aquella era mecedora de mi madre y que ella ha pedido mantener como propia.

-Tú no tienes idea de lo especial que eres, he ganado los apodos que me han dado a punta de espada y aún así cuando me miras prestándome toda tu atención no sé qué decirte. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que me sentí de ese modo, de hecho no recuerdo haberme sentido de ese modo, en el pasado pelee y obtuve aquello que quería y sólo gane desprecio, pero tú... a veces me pregunto porque sigues aquí conmigo- Sé que ni siquiera me escuchas, estoy seguro de eso pues te veo sonriendo ajena a mis palabras, si me he callado no es porque me arrepienta de mis palabras sino porque me hace gracia ver como de tanto en tanto sueltas risitas en tus sueños... te había visto dormir antes pero nunca como hoy, creo que nunca te presto mucha atención pues sólo ahora comprendo porque te llaman "Niña Reina", la primera vez que lo escuche lo tomo como un insulto y reprendí a aquellos que te llamaron de ese modo, pero ahora creo comprender que aquello no era del todo malo... eres como una niña, te ríes y no parece haber malas intenciones en tu actuar, eres una buena mujer. -Si, eso, eres una buena mujer... si estuvieras despierta y yo estuviera del todo sobrio no podría decirte esto, lo sé... pero eres una buena mujer y no se trata de que yo no quiera estar contigo, pero soy un Noble que esta maldito, a pesar de que siempre respete a los dioses nunca los ame y ellos nunca me han amado a mí, en cada una de mis acciones todo se destruye a mi alrededor. Me convertí en un Lord y el pueblo que siempre fue leales a los Baratheon se sublevo en mi contra, mostré interés en una Connington y encabezaron dicha Rebelión, tuve una esposa a la que yo quise a pesar de que ella nunca me quiso a mi... no, no te confundas, tampoco me creo una víctima de eso pues nunca me hice querer... cuando esa mujer mostro un rayo de apreció por mi murió dando a luz a mi ansiado primogénito. Hasta ahora todo lo que he hecho bien en mi vida es pelear guerras, y ahora te tengo a ti, dime Brinna ¿Qué hago si también te pierdo a ti? no logro imaginar los días sin ti, lo he intentado, he intentado ser un hombre noble y pensar en dejarte ir para que busques la felicidad que yo no te puedo dar, pero no logro imaginar los días sin ti- Que cansado estoy de pronto y cómodo esta aquí, la habitación de Brinna es mucho más cálida que la mía, pero es normal, a pesar de que siempre hemos sido algo así como vecinos ella pertenece a Tierras de la Corona, aquellas tierras son mucho menos húmedas que las de tierra de tormenta, es una suerte que ella se haya adaptado tan bien a este clima que a veces suele resultar tan adverso para personas de otros reinos. -No puedo dejarte ir, cada noche me duermo pensando que el próximo día será diferente y que dejare de buscar motivos para que tengas esa mirada de desilusión al mirarme, y a pesar de que nunca hago que nuestras días sean diferentes no puedo estar sin ti, arde mi sangre cada vez que pienso que sonrías para alguien que no sea yo, ya imaginaras como es al pensar que te toque alguien más- No me resisto y una vez más me levanto para ver tu rostro, ahora pareces dormir más tranquila, sigues abrazada a tu almohada ajena a todo lo que pueda estar pasando a tu alrededor, cada vez que toco tu piel es tan suave. -Si sólo supieras cuanto te deseo, si lo supieras comprenderías cuanto temo perderte... sé que te sientes despreciada cada vez que nuestros encuentros, pero no puedo correr el riesgo de embarazarte, ya te lo dije los dioses no me aman y esos que aún adoran a los Targaryen dicen que estoy maldito por ser un traidor... no puedo ponerte en riesgo aún cuando en esa protección renuncie a uno de mis mayores anhelos- Brinna se ha movido y una vez más se ha descubierto su cuerpo, esta vez son sólo sus hombros que se encuentran desnudos, es impresionante como logras ser tentadora incluso dormida, pero esta noche no, quizás te daño muchas veces pero aún no caigo tan bajo, ni siquiera ebrio... te vuelvo a cubrir con las mantas y murmuras algo que no entiendo, me quedare aquí un rato, esta cálido y confortable... después de acomodarme ya no recuerdo nada, estaba tan confortable y el olor era tan grato, no pasa nada si duermo un rato.
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Re: No puedo dejarte ir...

Mensaje por Brinna Baratheon el Jue 01 Mayo 2014, 20:51

Si había algo que Brinna extrañaba de sus tiempos en Caminoarroyo eran los largos paseos a caballo que solía dar en los alrededores de la fortaleza, al trote en algunos tramos, al galope en aquellas extensiones llanas en las que parecía no tener más límites que los impuestos por la guardia de los Wendwater. Tras su llegada a Bastión de Tormentas, tierra inmersa en conflictos y rebeliones, cuyo dirigente estaba enfrentado directamente con los Targaryen y todos aquellos que seguían apoyando a los dragones, apenas había podido cabalgar dentro de los muros del castillo, alertada en todo momento por aquellos encargados de protegerla y que formaban siempre una férrea barrera a su alrededor, demasiado agobiante para la joven acostumbrada a la paz de Caminoarroyo. Tan sólo en algunas ocasiones se había atrevido a mencionarle este deseo a su marido, Rey de las Tormentas, Señor de Garfio, Azote de los Dragones y tantos otros apodos que le habían otorgado, algunos mucho menos halagadores y que a duras penas habían llegado a oídos de la joven reina. Nathan el Maldito era aquél que más le había impresionado, pero aún así se dijo a sí misma que si los Siete habían querido que contrajera matrimonio con un maldito, debía ser porque ella debía estar maldita también o quizá porque su presencia debería atenuar esa supuesta maldición. En manos del Desconocido dejó aquel asunto, pues en verdad le urgía mucho más poder salir a cabalgar. Pasaron semanas, lunas… hasta que al fin llegó la mañana en que Nathan convocó su presencia para anunciarle que saldrían a pasear a caballo por los alrededores para visitar algunas aldeas que habían sido reconstruidas recientemente. Lo hizo con gesto adusto, con voz seria, con ojos opacos, pero ella se había mostrado agradecida y radiante, haciendo una graciosa reverencia antes de salir corriendo a sus aposentos seguida por sus doncellas para ataviarse con las ropas de montar.

El clima había correspondido a la dicha de Brinna haciendo que durante toda la mañana el sol se hiciera fuerte en el cielo, imponiéndose sobre las nubes de tormenta que habitaban usualmente aquel reino, pues no en vano aquellas tierras llevaban su nombre. Visitaron dos o tres aldeas donde fueron recibidos con honores y alegría, pues aquellos campesinos habían sufrido el hostigamiento de los hombres de los Targaryen y su protección había sido concedida por las tropas Baratheon. Brinna recibió decenas de flores silvestres que algunos niños y muchachas habían recogido para ella y entre risas logró acumularlas todas en uno de los pliegues de la falda de su vestido, colocando antes sobre sus cabellos dorados una corona de amapolas y violetas tejida por una niña de rostro moreno y melena azabache y desordenada. Nathan permaneció en un segundo plano, cediéndole esa parte del protagonismo mientras él atendía las cuestiones estructurales y de abastecimiento con algunos de sus hombres, y antes de regresar a la fortaleza concedió buscar un terreno lo suficientemente abierto como para que Brinna pudiera cabalgar al galope mientras él tomaba un tentempié con algunos soldados. La joven reina rechazó las perdices escabechadas y las naranjas en favor de recorrer aquella inesperada llanura cercada por los siniestros pinos del bosque que les rodeaba, acuciando a su caballo todo lo que podía, haciéndole virar con cierta peligrosidad sin dejarle internarse en el bosque, atreviéndose incluso a levantar el trasero de la silla como había visto hacer a algunos hombres. Regresó junto a su marido cuando una de las espadas juradas fue a buscarla, mostrando tener mucha más pericia que ella en el arte de cabalgar, y arribaron a Bastión de Tormentas en el momento exacto en que estaba siendo servida un abundante almuerzo. Dio buena cuenta Brinna de la comida tras una mañana tan dinámica, en comparación con su habitual rutina de bordado y lectura tan sólo interrumpida cuando el joven Steffan la reclamaba para jugar, y se permitió el lujo de dormir a media tarde sobre un diván situado en una pequeña salita adjunta al despacho de Nathan. El sonido de la pluma rasgueando el pergamino y la voz de su marido hablando con alguno de sus hombres llegaban hasta ella amortiguados por una gruesa puerta de madera y le ayudaban a conciliar el sueño.

Había transcurrido con normalidad el resto del día; dedicó la tarde a Steffan, enfadado con sus tíos por no haberle llevado con él, y tras la cena se retiró pronto a sus aposentos, pues comenzaba a acusar el cansancio de un día tan agitado. Envuelta en un suave camisón de liviana seda blanca, apenas tocó su cabeza uno de los almohadones cuando cayó en las garras de un sueño profundo y tranquilo, poblado de sueños adolescentes en los que su marido era protagonista y sonreía, la trataba con cariño y la miraba con amor. En verdad Brinna no podía quejarse de Nathan: era respetuoso con ella, atendía sus necesidades y en ocasiones puntuales la sorprendía con algún grato detalle como el de aquella mañana. Sin embargo, la joven echaba de menos una cercanía y un calor más allá del que le procuraban sus esporádicos encuentros nocturnos, quizá por eso en sus sueños hasta se atrevía a tutearle, a coger su mano, a apoyar la mejilla en su hombro. En mitad de una de aquellas fantasías estaba cuando algo hizo que abriera los ojos, un chirrido, algo que se movía cerca. Alarmada, la joven se incorporó rápidamente mirando a su alrededor para escrutar entre las sombras que provocaban algunas velas que aún permanecían encendidas, descubriendo a su marido sentado en la mecedora junto al lecho. Su peso había hecho que ésta se inclinara hacia atrás, crujiendo sus maderas enmedio del silencio de una noche en la que aún no se había desatado ninguna tormenta. - ¿Mi señor? - preguntó casi en un susurro, mirándole con extrañeza, contemplando su perfil recortado contra la oscuridad que parecía engullir el resto de la alcoba. Una de sus manos colgaba a un lado, con dedos largos y relajados, y Brinna no se resistió a alargar la suya para estrecharla con suavidad, sintiéndola áspera pero cálida y sin tensión. - ¿Estáis bien, mi señor? - repitió, de nuevo sin obtener respuesta.

Inquieta y también intrigada, Brinna abandonó el cálido lecho echando hacia un lado las mantas de lana con la dejadez de una niña que no se preocupa por el orden, posando los pies descalzos sobre la piel de oso que cubría el suelo de piedra para acercarse a la mecedora. Al inclinarse sobre Nathan, acusó el olor a vino que éste desprendía y frunció el ceño con extrañeza. Le sobraban dedos de una mano para contar las veces que su marido había bebido vino en lugar del agua afrutada habitual en él, y no sabía qué había podido ocurrir para que Nathan hubiera escogido aquella noche el vino. Caminando de puntillas, se acercó a la jofaina con agua que descansaba sobre su tocador y tomó uno de los paños de lino limpios que usaba para su aseo, humedeciéndolo en el agua de lavandas que ya estaba preparada para su aseo matutino. Armada con él, regresó junto a Nathan, disfrutando del sonido de su suave respiración, y deslizó el paño por su cuello y sus mejillas, también por su frente y sus sienes, contemplándole con admiración y también por curiosidad, pues no creía haberle visto dormir nunca ya que cuando acudía a sus aposentos en busca de desahogo, solía marcharse momentos después. - ¿Por qué habéis venido? - le preguntó, sin saber si realmente podía escucharla o realmente estaba profundamente dormido. En su cabeza también rondaba el interrogante de por qué había bebido vino, pero no era tan osada como para inquirir sobre ello, incluso aunque no supiera si la podía escuchar o no. Cuando la mano que sostenía el paño de lino se deslizaba con atrevimiento bajo la camisa del rey, alcanzando uno de sus hombros para tratar de refrescarle, Nathan abrió los ojos y Brinna dio un respingo, retirando la mano y apretando el paño entre sus dedos, mirándole con estupor sin saber qué reacción esperar por su parte.

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Re: No puedo dejarte ir...

Mensaje por Nathan Baratheon el Miér 07 Mayo 2014, 18:25


Sólo en ese momento Nathan notó que estaba realmente cansado, lo cierto es que desde el viaje a Nido del Grifo y la noche junto a Brinna las pesadillas se habían hecho mucho más esporádicas, pero ser Rey era mucho más complicado que ser un regente local, ahora que era Rey todos parecían tener más necesidades que antes y por supuesto muchas más exigencias de las que tenían lunas atrás cuando sentían que sus necesidades mayores tenían que ser atendidas por los Targaryen, pero ahora todos querían la atención de los Baratheon, todos "se sentirían honrados" de recibirlos en sus fortalezas, los viejos señores que antes le criticaban por su juventud ahora le dedicaban palabras de admiración e incluso ofrecían sus consejos... incluso ahora todo Tormentas parecía amar a Brinna, era la joven Reina y todos habían olvidado sus criticas cuando se había casado con ella. Ahora habían demasiados asuntos que atender, pero en aquella habitación todo parecía esfumarse para Nathan quien de pronto reparaba en el olor de Brinna, ella tenía un buen olor y su habitación era relajante permitiéndole dormir y soñar por unos minutos.

No estaba seguro si en realidad se había dormido y estaba soñando, o si había despertado y de paso también había despertado a Brinna... pero inconscientemente prefirió tratar aquellos minutos como un sueño, a final de cuentas podría culpar al par de copas que había bebido por interpretar de esa forma las cosas y así no tener que reconocer que en algún lugar de su cabeza había comenzado a confiar en Brinna tanto que podía compartir la habitación con ella y dormir, se lo había permitido minutos atrás de una forma en que no se lo había permitido con su anterior esposa en cinco años, por cinco años se había privado de aquella instancia y ahora por una mal entendida lealtad prefería creer que estaba durmiendo en lugar de reconocer que la dulzura y amabilidad de Brinna le habían logrado convencerlo de que podía confiar en ella e incluso que podía pasar las noches a su lado si lo deseaba. -Hola- la saludó sin estar seguro si aquello era un sueño o era real, de hecho se veía y sentía bastante real cuando ella deslizaba aquel trapo por su rostro... su cerebro le decía en cada segundo que todo lo que estaba pasando en aquella habitación era real, pero por otra parte no quería pensar que todo eso era real pues si era un sueño podía hacer lo que quisiera y decir lo que quisiera, por lo mismo luego de ver su mirada temerosa le sonrió levemente y la dejo alejarse para luego quitarse la camiseta de lino y tomar su mano para volver a ponerla sobre su propio cuerpo. -La verdad, sólo quería verte un momento y al final estaba todo tan cómodo que me quede dormido... lamento haberte despertado Brinna- la parte en que lamentaba haberla despertado o que se había quedado dormido por lo cómodo que estaba en ese lugar, pero la primera parte no lo era del todo, si había acudido a su habitación para verla y con algo de suerte pasar la noche junto a ella sin que llevara aquel delicado camisón, pero al final había terminado encantado por su rostro angelical y sentimientos de culpa que el mismo cargaba por no darle el trato que él sentía ella merecía.

Cuando comenzó a sentir que su pecho se enfriaba demasiado producto del la humedad del paño que ella deslizaba por su cuerpo decidió que ya era demasiado real como para seguir pensando que aquello era un sueño... si quería seguir justificando sus reacciones tendría que recurrir al alcohol aunque como siempre Brinna se mostraba como la esposa idea que no preguntaba más de la cuenta y respondía a aquello que él preguntaba. -Brinna ¿Eres feliz en Bastión de tormentas?- le preguntó con un tono serio pero con su semblante tranquilo para demostrarle que no le estaba reprochando nada y que sólo era una pregunta cualquiera, lamentó también no ser un hombre de sonrisa ligera para hacer así que su sonrisa la alentara a dar una respuesta franca y no una políticamente correcta -Dime la verdad ¿Si Brinna?- aquella pregunta era un riesgo, desde pequeño había aprendido que un hombre nunca debe preguntar algo cuya respuesta no esté dispuesto a escuchar, ahora quería escucharla, sabía bien que no era una mujer feliz pero en ese preciso momento quería saber si podía hacer algo para mejorar sus días, lamentablemente para ella su destino se había sellado en el momento en que su propia madre la había entregado a un hombre roto, su destino ahora sería vivir en Bastión de Tormentas pues incluso si Nathan le permitía marcharse ella ya no lograría encontrar la felicidad ni un buen matrimonio, poniente la consideraría una mujer repudiada por su marido y probablemente eso fuera atribuido a la ausencia de hijos... esos eran los motivos que Nathan solía darse así mismo para no dejar a Brinna en pro de su felicidad, pero por mucho que lo negara tampoco quería dejarla ir, los pensamientos que había ocultado en el alcohol y en un presunto sueño eran reales, no podía permitirse perder a Brinna, no podía perder a una segunda esposa y mucho menos a la segunda oportunidad que tenía en la vida. -Yo quería a Eve ¿Sabes?- se quedo mirándola unos segundos y de inmediato comprendió el error que estaba cometiendo al elegir sus palabras, seguramente Brinna había escuchado muchas veces eso en Bastión de Tormentas, el mismo había reprochado a parte de la servidumbre por hablar de eso... Brinna lo sabía y ahora él se lo recordaba en el peor momento, por eso mismo se apresuro en volver a hablar antes de que ella pudiera razonar mucho en sus palabras. -Pero no recuerdo que alguna vez me mirara como lo haces tu... por mal que te tratara o lo despectivo que fuera, tu parecías estar feliz cuando regrese de la guerra, no protestas para salir a cabalgar juntos a pesar de que no te lo avise con anticipación... incluso siempre estas dispuesta a tener relaciones sexuales a pesar de que aún re resulta incomodo... si, sé que te duele, noto como apartas la vista para yo no lo vea... y lo lamento-.

Era mucho más fácil ordenarle a unos jinetes que cargaran contra la línea central del enemigo, era incluso más fácil decir una y otra vez que un hombre era ejecutado en nombre de un Rey que en realidad no era Rey, todo eso era simple en comparación de tener que decirle a su esposa cuanto lamentaba las veces que le había hecho daño y que deseaba conseguir que fuera feliz a su lado. -Recuerdo que una vez me dijiste que quería ser la madre de mis herederos, que te humillaba cada vez que nuestros encuentros no terminaban dentro de ti... en aquella ocasión también te dije que no podía darme el lujo de perderte, eres mi esposa y no quiero verte morir... podría verte dormir otras noches, quiero pasar contigo otras noches-. Finalmente se puso de pio, cogió su mano para alejarla unos pasos de la cama y finalmente se puso a su espalda a pesar de todas las respuestas que antes le había dado, quizás ella no llegara a comprenderlo en ese momento pero para Nathan todo se encontraba relacionado... fue por lo mismo que pasó una de sus manos hacía adelante y aún sin decirle nada tomo su camisón desde abajo y se lo quito con delicadeza para dejarla completamente desnuda. -Ven a la cama conmigo- le volvió a hablar antes de caminar con ella guiándola a la cama y recostándola justo delante de él, lo más juntos que habían estado si obviaban las ocasiones en que habían tenido relaciones. -No lo comprendo, no puedo comprenderlo y no quiero hacerlo, hay noches en que me atormenta la idea de que pierdas ese brillo en tus ojos cuando me miras.... que tu corazón deje de latir más fuerte cuando estamos así de cerca, o que tu piel deje de tener la misma calidez que ahora- no intentaba ser romántico ni nada por el estilo, sólo era honesto con ella mientras sus manos la recorrían con una torpeza poco común en él, como si intentara ser más suave de lo que le era posible con sus manos acostumbradas a sostener espadas, armas y riendas... pero no a tratar a su esposa con suavidad.
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Re: No puedo dejarte ir...

Mensaje por Brinna Baratheon el Vie 09 Mayo 2014, 03:50

La mirada vidriosa de Nathan se posó sobre la muchacha que contenía la respiración, esperando con estoicismo la reacción de su marido al ser despertado mientras era refrescado y perfumado contra su voluntad; no fue tan áspera como Brinna había esperado, pues tan sólo emitió un escueto saludo y lo que parecía una justificación para estar allí, algo que no necesita hacer el señor de Bastión de Tormentas. Que se lamentara por haberla despertado era algo tan inaudito que la joven tardó unos segundos en responder, mostrándose algo dubitativa por unos segundos. - No debéis lamentar nada, mi señor - respondió con una voz tan suave como el movimiento de las llamas de las pocas velas que seguían encendidas. Pensó en añadir una pequeña broma, algo como que ella no debía levantarse con el sol para arar los campos, pero la expresión sombría de los ojos de su marido la disuadió de una chanza que incluso podría enfadarle por considerarla cruel respecto a sus súbditos. Nathan se había despojado de su camisa de lino permaneciendo ante ella con el torso desnudo y tomó la mano de Brinna para dejarla sobre el mismo, una elocuente manera de pedir que siguiera con sus caricias, labor que la joven retomó de inmediato y sin protestas. Procuraba no mirarle directamente al rostro, algo turbada por la sensación pues aunque había visto a Nathan muchas veces sin camisa, creía recordar que era la primera vez que lo acariciaba con calma, sin las habituales urgencias de su marido por desfogarse con ella. Entonces, el rey de Tierra de Tormentas formuló aquella pregunta inesperada con una voz rasgada, casi herida, que se abrió paso entre las sombras cada vez más intensas de aquella alcoba con perfume de flor de lavanda.

Brinna elevó sus ojos azules hacia Nathan, con dudas no acerca de qué responder sino sobre las consecuencias de su posible sinceridad. Quizá sus palabras la condujeran de regreso a Caminoarroyo, repudiada bajo cualquier excusa, o a lo mejor el rey Baratheon quería pactar una separación amistosa que no afectara a la reputación de ninguna de las dos familias. Procuró mantener la serenidad, aunque sus dedos aferraron con más fuerza el paño de lino empapado en agua de lavanda mientras sostenía la mirada de su marido. - No soy feliz - afirmó con voz susurrante, tratando de superar el nudo que se formaba en su garganta, pero incapaz de mentir. Los ojos azules de Nathan, fríos y turbios aquella noche, habrían descubierto con facilidad que no estaba siendo sincera y quizá hubiera sido peor que su sincera respuesta. - Pero la felicidad completa está sobrevalorada - respondió convencida de lo que decía, bajando la mirada de nuevo al blanco paño de lino para seguir humedeciendo el torso de Nathan, viéndolo brillar bajo la tenue luz de las velas - Cuando alguien cree que es feliz por completo, es que hay algo que está pasando por alto o que desconoce o que no le preocupa… y le acabará pasando factura -. Brinna no se justificaba ni tampoco repetía palabras escuchadas a alguien con más experiencia vital que ella; sólo trataba de ser consecuente conforme a la realidad que vivía, en muchas ocasiones ella había creído ser feliz hasta que se paraba a reflexionar y siempre encontraba algo que la oscureciera. - Aquí me siento segura y tranquila - afirmó a continuación, matizando su respuesta esta vez levantando de nuevo los ojos hacia Brinna - Y es más de lo que muchos podrían decir - añadió enarcando las cejas y sonriendo con cierta complicidad a su marido, refiriéndose a los últimos éxitos militares de éste en los que había arrasado con fortalezas de señores que parecían haberse creído indestructibles hasta que las tropas Baratheon habían llegado a los pies de sus murallas.

Su sonrisa se evaporó cuando de los labios de Nathan brotó el nombre de Eve, aquel fantasma que llevaba meses atormentándola, aquella sombra que parecía estar presenciando cada instante de su vida en Bastión de Tormentas. Apretó los dientes tras los labios bajando la mirada de nuevo, controlando su acelerada respiración mientras se esforzaba en prestar atención a las palabras de su marido, quien parecía querer desahogarse o quizá simplemente el vino le había conferido una nueva vitalidad a su lengua. Sin embargo, Nathan no dijo todo lo que ella esperaba, no había lamentos en él por su esposa muerta ni tampoco añoranzas de tiempos pasados. Con el orgullo renovado, Brinna volvió a mirar a su marido con una sonrisa sincera y agradecida, incluso aunque él hubiera mencionado momentos incómodos como aquellos en los que sus embestidas le habían producido agudos dolores. - Podemos pasar muchas otras noches juntos, mi señor - respondió con firmeza - Os daré hijos y estaré a vuestro lado mientras lo queráis, es mi voluntad y también el juramento que hice ante los Siete. El Desconocido sólo me arrancará de vuestro lado si rompo mis votos - concluyó con una seriedad difícil de ver en una joven risueña como ella. Su fe en los Siete era grande, pero mucho más lo era su concepción de la palabra dada. Entonces, Nathan se incorporó, imitándole Brinna, y se puso tras ella en silencio, tirando hacia arriba de su camisón de seda blanca para dejarla desnuda ante la dorada luz de los cirios que amenazaban con apagarse en cualquier momento. Por unos instantes la joven sintió el impulso de abrazarse a sí misma, por pudor, por frío, por estupor… pero logró contenerse y moverse con seguridad cuando su marido le pidió que le acompañara a la cama, tibia al conservar aún parte del calor del cuerpo de Brinna.

Dejó que él la guiara, tratando de interpretar los movimientos de sus manos hasta que estuvo tumbada de costado, dándole la espalda pero envuelta entre sus brazos. Sus ojos se posaron en la silueta de la chimenea de piedra que apenas se distinguía ya en la oscuridad que engullía poco a poco aquella cálida alcoba. El calor del cuerpo de Nathan se apoderó rápidamente de ella y su olor a vino y a cuero la apresó de inmediato, haciendo que Brinna se sintiera turbada por tanta repentina masculinidad envolviéndola. El cálido aliento de su marido se abrió paso entre los mechones de su cabello dorado para llegar hasta ella, provocándole un inesperado estremecimiento que erizó todo su cuerpo. - No sabía que brillaban mis ojos al miraros, mi señor - logró decir, sintiendo las ásperas manos de Nathan recorriendo el costado de su cuerpo, su vientre y la curva de sus caderas. Creyó que era la primera vez que la acariciaba así, exceptuando quizá aquella noche en Nido de Grifos que se había convertido en una referencia para la joven, un punto de luz que la hacía pensar que era posible que disfrutaran juntos a pesar de que había acabado en desastre. Con suavidad, tomó una de las tibias manos de Nathan para colocarla entre sus senos, acercándola a su corazón, mientras su propia espalda se entibiaba también al pegarse al torso húmedo de su marido. Aquellos roces inesperados, suaves, furtivos en cuanto a que la joven sentía esporádicos toques tras ella sin saber exactamente cuáles estaban siendo los movimientos de Nathan, comenzaron a relajarla poco a poco aunque en su mente se preguntaba si en algún momento la tomaría con brusquedad animado por el vino ingerido. - Mi señor, no me iré de vuestro lado, soy vuestra reina - aventuró, creyendo que el rey estaba teniendo alguna secreta crisis de inseguridad. Mucho se seguían elevando las críticas hacia Nathan Baratheon en las últimas lunas; bien lo sabía Brinna, quien en varias ocasiones había atendido las demandas de sus súbditos encontrando en ellos un avaricia y un egoísmo que al parecer no habían mostrado cuando todo dependía de los Targaryen. En aquel instante, sintió entre sus nalgas la presión del miembro de Nathan y una pequeña alerta se encendió en su mente. ¿Querría hacérselo por detrás, como le habían dicho sus doncellas que hacían los hombres que no querían embarazar a la mujer con la que se metían en la cama? Recordaba los rostros de las chicas hablando de esa práctica y a ninguna les había resultado especialmente agradable la experiencia. Aún así no se apartó, relajada aún por las suaves caricias que Nathan le regalaba y esperando pacientemente para ver hacia dónde les llevaba aquella noche.

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Re: No puedo dejarte ir...

Mensaje por Nathan Baratheon el Sáb 10 Mayo 2014, 19:17


Creyó sentir un ligero respingo en Brinna cuando de acomodo de forma tal que su miembro se posará entre sus nalgas, fue probablemente la pequeña cuota de alcohol en su sangre la que le hizo sonreír ante aquel gesto, por suerte ella no le llegó a ver sonreír por aquello pues de inmediato corrigió su sonrisa y le habló -No tengas miedo, no estoy ebrio, soy consciente de lo que hago-. Era cierto que había bebido y quizás eso le hacía ser mucho más franco y desinhibido respecto a sus pensamientos, pero lo cierto es que tampoco estaba ebrio al punto de no ser consciente de sus actos por eso mismo prefirió darle tranquilidad a su reina, no podía culparla si se atemorizaba, no eran pocas las historias que existían sobre hombres tomando mujeres con brusquedad o por la fuerza con la única justificación de estar ebrios, el mismo de hecho lo había visto en alguna ocasión en los campamentos con sus tropas y es que las prostitutas que seguían las caravanas de soldados solían ganar dinero y beneficiarse de las guerras pero tienes era cierto que estas ganancias eran a costa de un alto riesgo pues muchas veces eran ellas quienes sufrían las iras y frustraciones contenidas de hombres demasiado ebrios como para preocuparse de ellas... Pero Nathan no estaba tan ebrio, lo demostraba preocupándose por su reina e intentando darle algo de tranquilidad en ese momento que de comenzaba a hacer tan grato para él. -Si te incómoda sólo tienes que decirlo, tu lo dijiste antes, eres mi Reina- De todos modos no espero a que ella se negará a seguir de esa manera o le alentara a continuar, si ella se lo pedía se detendría, pero mientras no lo hiciera disfrutaría del calor de su esposa y el creciente deseo que había en él. Como muy pocas otras veces mantuvo la mano entre sus senos y beso uno de sus hombros desnudos mientras la mano que antes había estado sobre su vello bajaba por la línea de su sexo para separar los tiernos pliegues del sexo de Brinna. -Te educaron para ser una buena esposa, nunca te niegas, nunca protestas, salvo aquella noche en el nido, tu madre debe estar orgullosa de su hija, la Reina de las tormentas- Si bien las caricias de Nathan no cesaban y por el contrario de habías más intensas en la medida que sentía la humedad de su reina en sus dedos él le continuaba hablando con tranquilidad como si sólo buscara la cercanía que tan pocas veces había tenido con su esposa -Por mi parte me enseñaron a ser un Lord, no un Rey... Que tenía que casarme con una mujer que fuera una alianza provechosa para mi casa y procurar dar continuidad a mi sangre... El amor o el cariño llegarían con el tiempo y sino llegan siempre podría encontrar a alguien- Brinna y Nathan habían compartido tan pocos momentos juntos, tan pocas conversaciones que al final siempre comprendía que le explicaba esas cosas en mal momento o que incluso sus palabras pasaban del pesimismo a la esperanza con un sólo giro como en esa ocasión -No niego que mi matrimonio contigo fue ventajoso para mi casa aún cuando tu madre prácticamente me arrastro a eso para que las casas del AguasNegras me dieran su apoyo... Pero aún cuando las cosas se dieron de ese modo me considero afortunado, eres una buena esposa, eres dulce y amable, mi pueblo te ama, te clama por tu piedad y además eres una mujer hermosa. continuando con la tónica de la noche Nathan alzó un poco más su cuerpo sin sacar las manos del cuerpo de Brinna y busco su boca para besarla de forma apasionada antes de volver a acomodarse tras de ella con sus labios rozando su hombro para transformar su voz en sólo un susurro. -No imaginas cuanto te deseo Brinna, todo lo que cuesta contenerme por temor a perderte en un embarazo, ya no quiero otra mujer, te quiero a ti... Y tú sólo haces las cosas más difíciles hablándome de hijos, no puedo dejarte morir-.

Luego de las palabras del Baratheon se había hecho el silencio entre ambos, era el mismo tema por el que había discutido en nido del grifo y también en otras ocasiones, pero esta vez Nathan no se había alejado de ella, si había dejado de acariciar su sexo pero la había sostenido desde su estómago para mantenerla contra él y luego de darle unos minutos para que digiriera sus anteriores palabras le volvió a besar el hombro y se dispuso a continuar hablándole. -Muchas noches he pasado pensando en la posibilidad de tener un hijo juntos, un heredero de tu sangre y la mía, cada vez me cuesta más trabajo abandonar la idea... Brinna- le dijo por última vez antes de volver a bajar una mano a su sexo y acariciarla de nuevo con la misma suavidad  que lo había hecho antes, esta vez lo hacía con menos torpeza que cualquiera otra vez demostrando más dedicación hacia el goce de su esposa. Como siempre Brinna era dócil y tranquila en las caricias que se le propinaban, la única diferencia estaba en que ahora las recibía con más tranquilidad que en cualquier otro momento y cada cierto tiempo podía escuchar como un ligero suspiro se escapaba de su boca intentando contener un sonido mayor. -Una de las cosas en que esto en deuda contigo es el que disfrutes nuestros encuentros tanto como yo el estar contigo... quiero que seas mi reina también en nuestro lecho, quiero saber que es de tu agrado y que no- Nathan esquivaba el tema central de la conversación con otros asuntos, no lo hacía de mala fe pues en verdad esos eran sus deseos, deseos que por cierto era primera vez que le revelaba a su reina, de todos modos se limito a timar una de las manos de Brinna y ponerlas sobre la qué él tenía sobre su sexo como una clara invitación a indicarle cuales eran los gestos y los lugares que eran de su agrado antes de volver a hablarle aunque esta vez en un tono más bajo, una vez más ligeros susurros que se transformaban en un secreto entre ella y él. -Te lo he querido pedir muchas veces Brinna, sé mi reina no sólo en nuestra fortaleza y nuestras Tierras... lo he pensado muchas veces y me he negado tanto a la posibilidad de que embarazarte y que mueras que me sorprende como cada vez que regresa la idea a mi cabeza toma más fuerza- no dejo de tocarla esta vez pero si sus carecías se hicieron mucho más suaves como si sólo intentara mantener el calor en su cuerpo mientras continuaba revelándole sus más secretos pensamientos. -Quiero que seas mi reina Brinna y la madre de mi heredero... pero quiero que mi hijo tenga una madre feliz, no una madre que desea tenerlo sólo porque es su deber, si estas dispuesta intentaremos tener un hijo...- Sin comentar nada con Brinna había planeado eso muchas veces, la misma cantidad de veces había desistido en sus intenciones y había olvidado las conversaciones con el maestre, pero aquella noche alentado por el alcohol había decidido contárselo a Brinna... El maestre le había dicho muchas veces que el motivo de la muerte de Eve era la debilidad de la antigua Lady Baratheon y su falta de cuidados, era el mismo maestre que le había dicho también que Brinna parecía mucho más fuerte y mucho más joven e incluso le había indicado que con los cuidados apropiados ella podría llegar a tener un buen embarazo y con ello también un hijo sano... -habrían muchos otras que conversar, muchas otras que preparar... ahora está en tus manos, Brinna- volvió a repetir antes de alejarse de su hombro con un último beso y dejar su frente en la nuca de Lady Baratheon mientras aguardaba alguna respuesta de su parte entre as caricias que le propinaba.

Era cierto que aquella conversación era más propia de un lugar más troquilo y quizás las caricias que le propinaba a Brinna no eran las apropiadas para la decisión que le estaba pidiendo que tomara a su joven esposa, pero para Nathan aquel tema era tan intimo entre los dos como los eran las caricias que nunca antes le había propinado con ese esmero. Ahora ya no había marcha atrás, si Brinna decidía no era esa la vida que deseaba entonces los abría condenado a ambos a vivir como lo habían hecho hasta ese entonces, pero por otra parte, si Brinna aceptaba lo que le estaba proponiendo entonces los abrías puesto en riesgo a ambos... a ella quizás habiéndola condenado a sufrir una dolorosa muerte por la maldición de un esposo que ella no escogió y él mismo se abría condenado a perder a una mujer que comenzaba a querer y necesitar en su día a día.
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Re: No puedo dejarte ir...

Mensaje por Brinna Baratheon el Mar 13 Mayo 2014, 03:38

Brinna se esforzaba por tratar de seguir el hilo de razonamientos que Nathan descargaba tras ella en forma de susurros cerca de su oído, a través de sus cabellos rubios. Con la mirada perdida en las sombras gestadas en la creciente oscuridad de aquella alcoba, luchaba para tratar de prestarle atención a pesar de que sus suaves caricias comenzaban a distraerla más de lo que había esperado. En otras ocasiones la había tocado antes de penetrarla, quizá por convencionalismo, pero nunca había mostrado tanta dedicación y paciencia como esa noche y su entrega estaba teniendo efectos en la joven reina. Brinna jadeaba con suavidad sintiendo los dedos de Nathan deslizarse sobre su sexo con inusitada delicadeza, abriéndose paso poco a poco a través de su carne mientras la enardecía con suaves besos en la piel de su hombro, con la calidez del aliento que llegaba a ella a través de los susurros que le dedicaba. Cuando él tomó su mano para conducirla a su propio sexo, no alcanzó a comprender qué era lo que pretendía, hasta que el propio instinto tomó las riendas y Brinna le guió suavemente, como si usara los dedos de su marido en vez de los suyos para procurarse placer. Relajándose sobre el lecho y entre los brazos de su marido, trataba de escuchar a éste, intentaba dilucidar qué era lo que quería de ella, pero Nathan variaba de rumbo constantemente en sus divagaciones y aquello, unido a sus caricias, hacía que la joven no lograra concentrarse. Quizá lo habría conseguido si esa conversación la hubieran mantenido en la sala del comedor mientras almorzaban y no tendidos en el cálido lecho de Brinna, más cerca que nunca el uno del otro.

- Mi deber es daros un heredero - logró decir finalmente, más para aclararse las ideas ella misma que para expresar una decisión a Nathan, pues en verdad no tenía claro qué era lo que había de decidir, todo estaba siendo demasiado confuso desde el momento en que había abierto los ojos y se había encontrado a su marido durmiendo en la mecedora de su madre y oliendo a vino. - Pero además de eso, es mi deseo hacerlo, sería un gran honor para mí convertirme en la madre del próximo rey de las Tormentas -. Brinna se dio cuenta de que sus palabras estaban sonando demasiado manidas, como si repitiera por enésima vez todas aquellas lecciones que su madre se había esforzado por inculcar en ella desde que era apenas una niña. Se tomó un momento para cerrar los ojos unos instantes, suspirando una vez más por las suaves caricias de Nathan, y después continuó hablando. - Por encima de todo, quiero ser la madre de vuestros hijos… y eso sería así aunque viviéramos en una cabaña de Robleviejo - añadió aludiendo a una de las aldeas que rodeaban Bastión de Tormentas, una especialmente maltratada por los elementos al haber sido construida en un valle en una región tan tremendamente lluviosa como aquella. - No moriré - dijo con firmeza, acomodándose más contra su cuerpo aunque la presión del miembro de Nathan contra sus nalgas le seguía pareciendo algo amenazador - porque no es natural que una mujer muera cuando tiene a su bebé -. Su sencillo razonamiento venía dado por su ingenuidad y su escasa experiencia vital; encerrada siempre entre los muros de una fortaleza, Brinna no podía creer que esas cosas fueran habituales. Lamentaba que la primera esposa de Nathan hubiera muerto en el lecho junto con el bebé de ambos, pero ella creía que todo aquello lo habían dispuesto Los Siete, quién sabía con qué objetivo. Secretamente, Brinna pensaba que estaba escrito en su destino el ser reina de las Tormentas, pero jamás se había atrevido a expresarlo en voz alta por no herir la persistente memoria de Eve Baratheon que aún impregnaba cada piedra de ese castillo.

Ahora sentía en su espalda el cálido aliento de Nathan, quien reposaba sobre su nuca una frente húmeda y fresca por el agua de lavandas con que ella misma le había refrescado. Percibía también un tenue olor a vino; su olfato poco acostumbrado hacía que sintiera con mayor facilidad ese aroma agrio, aunque no podía decir que le desagradara. La alargada llama de una vela danzó con atrevimiento ante sus ojos por una furtiva brisa que se había colado dentro de la alcoba y originó extraños reflejos en el amplio espejo de bronce bruñido que presidía el tocador de la reina. Su cepillo para el cabello, hecho de marfil y comprado a un comerciante con acento de Essos, fue iluminado con brevedad, y Brinna recordó que había sido un regalo de Nathan en una tarde de primavera. Junto al cepillo descansaban pequeñas perlas azuladas que componían un delicado collar con pendientes a juego, y más allá, algunas flores secas engarzadas en hilo de plata con las que a veces ornamentaba su espesa melena dorada. - Ya no soy una niña - musitó entonces como para sí misma, dándose cuenta de las fruslerías a las que se dedicaba en sus días. Exceptuando las ocasiones en las que ocupaba su trono en la sala del mismo nombre para atender las peticiones de sus súbditos junto a Nathan o incluso a veces sin él, pasaba el día jugando con Steffan, pidiendo vestidos y zapatos nuevos, probándose pequeñas joyas, bordando o leyendo historias de caballeros. Llevaba haciendo aquello desde que tenía diez años y estaba a punto de cumplirse una década de aquello. Giró sobre sí misma entre los brazos de Nathan, enfrentándose a su mirada, a aquellos ojos azules que aquella noche parecían más atormentados que nunca y tomó la mano con la que le había estado acariciando para besar el dorso de sus dedos, cerrando los ojos unos instantes. Cuando elevó la mirada de nuevo, la expresión de su rostro parecía haber cambiado; las sombras modelaban sus rasgos de forma que sus habituales facciones de niña habían ganado en madurez.

Aún sostenía entre sus pequeños dedos la mano de Nathan, cálida y curtida por mil batallas, y la llevó hasta uno de sus senos, que reaccionó de inmediato ante el roce irguiéndose. No se limitó a dejar que cubriera su carne, sino que presionó la palma de la mano contra el pezón erecto, haciéndole cerrar los dedos en torno al pecho. Después se incorporó sobre su antebrazo, alzándose sobre él mientras sus cabellos rubios resbalaban sobre el hombro desnudo, como delicados rayos de sol cubriendo una suave ladera de arena fina. - Soy vuestra reina y reinaré en este lecho y en cualquier otro - dictaminó con voz susurrante, algo más grave de lo normal; se inclinó sobre él para besar sus labios de forma suave y húmeda - Reinaré también en esta fortaleza, en estas tierras, en todo el reino - susurró sin alejarse demasiado de su boca. Volvió a besarle, esta vez atreviéndose a asomar la punta de su lengua para lamer sus labios, degustando el vino que Nathan había bebido horas antes, y se separó una vez más, sonriéndole con seguridad mientras tras ella las velas seguían crepitando. - Reinaré aquí - posó el dedo índice en su frente. - Reinaré aquí - llevó el mismo dedo al centro de su torso. - Y reinaré aquí - con algo menos de decisión, cerró sus dedos en torno al miembro de Nathan. Quizá era la primera vez que lo hacía, o al menos con semejante iniciativa, pero Brinna recordó decenas de comentarios y conversaciones de sus doncellas y se dispuso a poner en práctica la teoría que había aprendido, presionando con suavidad aquel miembro endurecido y latente y deslizando la piel de abajo a arriba con firmeza.

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Re: No puedo dejarte ir...

Mensaje por Nathan Baratheon el Lun 19 Mayo 2014, 06:19


Se vio forzado a mantenerse concentrado, no quería arruinar lo que habían avanzado esa noche ni mucho menos quería dejar de escuchar los suaves e inocentes suspiros y jadeos que Brinna soltaba de tanto en tanto cuando sus dedos surcaban su sexo. Pero fue difícil, le costaba en demasía tener que volver a escuchar aquellas palabras en que tener un hijo era una obligación o un deber sagrado como esposa, eran las mismas palabras que había escuchado de Eve, las mismas que le había dicho el maestre cuando le recomendó la búsqueda de una nueva esposa, todo como un deber y obligaciones... Pero para suerte de ambos cuando los tormentos volvían a azotar a Nathan la joven reina hizo gala de inteligencia y empatía corrigiendo sus palabras e incluso asegurando que ella abría sido la madre de sus hijos aunque no fueran más que campesinos, la afirmación provocó una ligera carcajada en el venado pero antes de que llegara a sentirse ofendida por sus risa agradeció sus palabras con un nuevo beso en su hombro y volvió a prestar atención a lo que ella decía. Al parecer Brinna tenía preparadas muchas sorpresas para aquella noche, como su aquello fuera un guió bien aprendido parecía decir las palabras justas en el momento justo, esta vez le recordó lo antinatural que era la muerte de una mujer al dar a luz, una explicación obvia y muy real a pesar de que el Baratheon se había empeñado en no verlo de ese modo, había culpado a Eve por su falta de deseos por ser madre y lo había atribuido a la ultima venganza de la grifo por los hechos acontecidos en la guerra contra los Connington, había culpado a los dioses de haberlo maldecido impidiéndole engendrar un hijo de su sangre, pero se había negado a pensar en que sólo había sido un hecho fortuito que no tenía porque volver a repetirse, a pesar de que más de una persona se lo había dicho antes, el maestre de bastión de tormentas incluso le había dicho que esa muerte tenía mucho que ver con las precauciones que su antigua esposa había tomado para no quedar embarazada antes y por lo mismo le había asegurado que con Brinna que era mucho más joven y fuerte eso no ocurría... incluso Almeric se lo había dicho entre burlas cuando Nathan le había dado ese argumento como una justificación para la lejanía que tenía por momentos con la joven y atractiva reina... y a todas esas personas ahora se sumaba Brinna que se lo decía con una seguridad que de alguna forma le inspiraba a intentarlo junto a ella.

Mientras El rey continuo hablando Brinna parecía prestar atención a sus palabras, aunque no veía su rostro podía notar como dejaba de moverse cuando le escuchaba o como de tanto en tanto soltaba un ligero gemido y se acomodaba más contra él obligándolo también a él a moverse pues su miembro cada vez más firme se presionaba contra sus nalgas. Cuando finalmente Nathan dejo de hablarle casi agradeció que ella de girara pues tampoco podía decir que le desagradará el tacto de su miembro en sus nalgas, lo que si agradeció el venado fue la seguridad con que Brinna comenzó a hablar, en cada palabra parecía como si ella hubiera dado lógica a las palabras sin sentido que Nathan le había dedicado e incluso con sus palabras daba a entender que comprendía los pensamientos de su esposo pues tomando la iniciativa afirmaba que ella era y sería la Reina, es más, la sorpresa se apoderó del venado cuando con un tono travieso le comenzó a besar mientras aseguraba ella reinaría en sus pensamientos, su corazón y en su miembro... No se esperaba eso de Brinna, no había esperado antes que le incitara a cogerle uno de sus pechos con fuerza y mucho menos se esperaba que ella cogiera su miembro y comenzara a masturbarlo mientras le besaba. Por supuesto que él respondió al beso y su miembro respondió a las nuevas caricias alcanzando de inmediato una completa erección en las manos de quien acababa de declararse su reina. -Pues ese es mi deseo, es quien deseo que seas- luego de aquellas palabras a su esposa el venado se dejo hacer por ella como nunca antes lo había hecho, hasta ese entonces cada uno de sus encuentros se había llevado a cabo bajo una actitud dominante por su parte pero en esta ocasión sólo cerró sus ojos y se dejo caer en la cama disfrutando de las caricias que Brinna le propinaba... creía recordar que ella había sostenido su miembro alguna vez, pero habían sido circunstancias completamente diferentes, en aquel recuerdo ella lo había hecho como una precaución en la profundidad con que la iba a tomar, pero ahora era placentero sentir su tacto, podía sentir como su miembro palpitaba y crecía aún más por sus caricias. Jadeo con fuerza e incluso soltó un sonoro quejido después de deleitarse por unos minutos de sus caricias, pero finalmente cogió su mano indicándole sin palabras que cogiera un ritmo mucho más lento en sus caricias, sólo cuando Brinna lo hizo giró su cuerpo y la guio a ella para que hiciera lo mismo para así poder besarla. -No te detengas- luego de besarla se distancio sólo un poco de ella y le pidió no dejara de masturbarlo con sus labios prácticamente rozando los de ella y con sus dedos una vez más aventurándose al sexo de la joven para dedicarle las mismas atenciones que ella le dedicaba a él.

Aquel juego de la pareja abría sido curioso a la vista de cualquier otra persona, eran como dos adolecentes que no podían tener relaciones y por eso se procuraban mutuas caricias desnudos en una cama, muy curioso considerando que eran marido y mujer e incluso más curioso si se consideraba la conversación que habían tenido minutos atrás sobre las posibilidades de tener un hijo de su sangre... pero así eran las cosas entre Brinna y Nathan y por difícil de creer que fuera aquella situación era un gran progreso en ellos. -Desde mañana... comenzaremos a buscar doncellas que cuiden de ti durante tu embarazo- le comenzó a revelar entre jadeos lo que había comenzado a planear desde que había comenzado a analizar la posibilidad de tener un hijo... ahora que tormentas era un Reino la corte de los Baratheon era mucho más codiciada de lo que había sido en otras épocas y aún más después de la participación que habían tenido los venados en la anterior guerra de los dragones. -Prepararemos todo para la llegada de un heredero...- quizás si había bebido un poco y expresaba lo que sentía por Brinna de mejor manera que habitualmente, pero no lograba dedicarle palabras más románticas, en su cabeza rondaba la idea decirle que desde ahora ya no dejaría que su reina siguiera marchitándose frente a sus ojos, que quería volver a verla sonreír como durante su primer viaje en una galera o decirle como disfrutaba de tenerla así, con sus mejillas sonrojadas y sus ojos brillantes, pero por más que pensaba en cómo decir aquello todo lo que venía a su cabeza le parecía torpe o que le harían ver a él como un débil. -Y tú serás mi reina en nuestra cama-enfatizo en el hecho de tener una cama común en donde pasar las noches y lo acompaño con un gesto sutil en que la hizo soltar su miembro para poder acostarla una vez más para poder ponerse él sobre ella mientras la besaba de la misma forma suave e intensa que antes se habían estado tocando -Podrás cumplir tu deber de engendrar nuestros herederos, podrás cumplir tus deberes como madre... y yo procurare ser para ti el esposo que no he sido- En realidad nunca había logrado descubrir cuál era el grado en que Brinna lo deseaba, se había mostrado muchas veces dispuesta a encuentros entre ambos, había incluso tomado la anticipativa y esa era la forma de venado de pedirle que siguiera siendo así mientras el procuraría que ya no encontrara respuestas menos apasionadas que las atenciones que ella le dedicaba.
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Re: No puedo dejarte ir...

Mensaje por Brinna Baratheon el Mar 20 Mayo 2014, 04:46

Podía sentir como el miembro de Nathan reaccionaba entre sus dedos. Tras besar a su marido, no le observaba, sino que posaba los ojos en aquel glande enrojecido que asomaba en su puño, en los apretados testículos que se sacudían por el movimiento de su mano. En la palma sentía latir ese duro pedazo de carne cuyas venas comenzaban a hincharse por la presión de la sangre y de alguna manera todas aquellas sensaciones enardecían a la joven Baratheon, pues sabía que era ella quien las estaba provocando. Por un instante se sintió como sus coquetas doncellas, presumidas y lascivas cuando se relacionaban con los guardias de la fortaleza, orgullosas cuando hablaban de sus conquistas, pícaras al contarse qué era lo que hacían cuando su joven reina les permitía tomarse un rato libre. Aquella sensación de tener el control se acrecentó cuando observó el rostro de Nathan cuando éste cerró los ojos. Se mostraba complacido, relajado, con una expresión que jamás había visto en él, ni siquiera cuando yacía con ella y se derramaba sobre su vientre o sus muslos evitando siempre aquel embarazo que tanto temía. Sus labios húmedos se entreabrían y dejaban ir suspiros conforme Brinna acariciaba su miembro, atreviéndose a presionar un poco más, imitando la sutil resistencia que en ocasiones ofrecía su propio sexo cuando era penetrado. Descubrió así la reina la parte más instintiva del placer, cómo su muñeca agilizaba los movimientos tan sólo basándose en las reacciones de su esposo aunque era la primera vez que hacía algo así, cómo podía saber casi a la perfección hasta dónde llegaba el placer que le estaba proporcionando en aquel lecho tibio que se calentaba más poco a poco.

Entonces Nathan cerró sus dedos en torno a los de Brinna y la joven pensó en detenerse, creyendo que el rey quería poner fin a aquello o que quizá no lo estaba haciendo tan bien como pensaba. Ninguna de aquellas opciones fue la acertada, pues lo único que pretendía su marido era indicarle que ralentizara sus movimientos, quizá para alargar el placer. Así lo hizo Brinna, aprovechando para deleitarse ella misma en el suave tacto de un miembro que nunca creyó poder observar como lo hacía ahora, con atención y tranquilidad, olvidando que se exhibía desnuda ante su marido, algo que nunca había hecho con la dejadez con que lo hacía en esos momentos, sumida como estaba en una actividad nueva y excitante para ella. - No lo haré… - respondió a su petición con un susurro, recostándose a su lado tal como él le indicaba, acomodando su cabeza en la almohada mientras accedía a que Nathan volviera a acariciarla a ella. Suspiró sobre sus labios, con ambas bocas muy pegadas, mirándose con los ojos entrecerrados y las pupilas encendidas mientras sus manos intimaban más abajo. Brinna sentía que sus mejillas se enrojecían: el placer creciente que sentía, el verse en aquella situación con Nathan, incluso el calor de las escasas velas encendidas que de repente parecía ser más intenso… Todo parecía estar cambiando el ambiente que rodeaba a los reyes de la Tormenta mientras se acariciaban sobre las blancas sábanas perfumadas de lavanda con las Brinna se cubría cada noche.

La joven asintió fervorosamente cuando Nathan comenzó a desgranar los planes para el futuro en los que al parecer accedía a tener un heredero. Brinna sonrió entre jadeos, feliz ante aquella evidencia, imaginando que ya tenía un niño en su interior y que pasaba los días inmersa en los prepativos de su llegada, pero una intensa oleada de placer ascendió desde su entrepierna hasta lograr nublarle los pensamientos. Comprendió que sus doncellas pasaran noches en vela en compañía de sus hombres arriesgándose a pasar el día cansadas y con sueño, comprendió que los soldados buscaran mujeres de pago o sin él en sus ratos libres… y aún sospechaba que no había descubierto lo mejor de esas caricias, pues el placer ascendía pero se quedaba ahí, latente, provocándole el mismo vértigo que el que se siente al asomarse al más alto precipicio. La diferencia era que Brinna estaba segura de que si se dejaba caer por él, flotaría hasta elevarse con las nubes. Sonrió una vez más ante la afirmación que Nathan hizo sobre su nuevo reinado y respondió divertida: - Esta será la noche de mi coronación entonces… Una ceremonia íntima - agregó haciendo gala de un pícaro sentido del humor que no creía poseer y que quizá afloraba ante las crecientes y nuevas sensaciones de su cuerpo que parecían estar transformándola en una nueva versión de sí misma, más desinhibida, más lasciva.

Fue entonces cuando la hizo girarse sobre su espalda y Brinna se sintió de nuevo algo torpe, al sentir que sus piernas se enredaban en las sábanas cuando quiso colocarlas para que permitir que Nathan se acomoda entre ellas. Fue tan sólo un segundo pero la pericia de su marido, más ágil y experimentado a la hora de moverse sobre el lecho, hizo que la joven reina no perdiera el estado elevado en el que se encontraba. Recibió la boca de Nathan con avidez, elevando el rostro hacia él y ofreciéndose tan dócil como apasionada y mientras le escuchaba hablar de cómo sería el futuro entre ambos, se descubrió a sí misma llevando una mano a la nuca de Nathan y la otra hacia su espalda y sus nalgas para después buscar su miembro. Éste aún palpitaba contra su sexo húmedo y la volvía impaciente y caprichosa, encontrándose a sí misma arqueando la espalda para acercar su cuerpo al de Nathan. Por unos segundos tuvo la alocada idea de querer permanecer así para siempre, aunque Poniente entero se derrumbara a su alrededor. - ¿Hoy será dentro de mí? - preguntó con cierta zalamería, abandonando para siempre la actitud a veces temerosa o a veces enojada que adoptaba cuando sospechaba o confirmaba que su marido no derramaría su semilla en el interior de su cuerpo. Sus manos le acariciaban, le recorrían, le descubrían… mientras sus labios buscaban su boca y sus alientos se confundían en un ambiente en el que el cuasi infantil aroma de la lavanda comenzaba a fundirse con el acre olor del sudor y del sexo que tomaba posesión de la virginal alcoba.

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